Quizá fue la única persona que se fijó en Nick Drake mientras estaba vivo, y eso que vivía rodeada de monstruos como Serge Gainsbourg o Michel Berger, y estaba casada con la pieza de Jacques Dutronc. Amiga desde siempre del ahora reivindicado Patrick Modiano, obsesionada por la astrología y demás rollos de vieja, celosa pero sumisa, con una hermana chiflada y unos padres por el estilo. Actuaciones en Teherán que ahora serían imposibles, o en Beirut, defensora de los lobos, vecina de Córcega, amiguita de Sylvie Vartan o de France Gall, traumatizada por sus pocas curvas... Y mito erótico de la mitad de los roqueros del mundo.

Acabo de terminarme la edición de bolsillo de Le désespoir des singes et autres bagatelles, la autobiografía de Françoise Hardy, que no está mal, aunque mi francés tampoco da para juzgar nada, pero que me ha entretenido en el metro este noviembre, y me ha permitido conocer un poco la vida de este genio de la música del siglo XX, desde sus inicios de niñata tímida hasta sus múltiples achaques -de ella y de su marido- de la actualidad y de paso conocer la agradable carrera musical de su hijo, el músico de jazz Thomas Dutronc.
