Con toda la pista llena de mesas redondas, el Teatro Eslava recuperaba un poco sus formas teatrales para regalarnos, gracias a I'm An Artist, una noche de canciones con Mark Eitzel y Nacho Vegas. Llegamos tarde, justo cuando se iba el bigote de Franz Nicolay tras el escenario. Una pena, que me apetecía verlo un rato, pero las cañas siempre atrasan todo. Así que cogimos sitio en la barrera del primer piso para ver a los dos principales diestros de la tarde.

Todos los roqueros, cuando se hacen mayores, pasan a vestirse de negro y quieren ser Yves Montand. Salió Eitzel, sin guitarra, lo que le hacía parecer un poco perdido, y con pianista, lo que le hacía encontrar el camino hacia su tonybennettismo de callejones oscuros. Emparedadas entre las emocionadas versiones de I Left My Heart In San Francisco y Me and Mr. Jones, Mark Eitzel narró con su gran voz sus propias historias de adicciones y enfermedad, de fiestas en Windows of The World, de amores perros marca de la casa. Bastante comunicativo con el público, éste en ciertos momentos pasó de él, lo que llevó al pianista a pedir silencio y recogimiento a los parlanchines, para que los devotos, rosario en mano, pudiésemos escuchar y aprender de los lamentos musicados del genio de San Francisco. Ovación y vuelta al ruedo.

De eso va ser un singer-songwriter (que vaya nombre más horrible, con la facilidad que tienen los anglosajones para inventar etiquetas), de novelar canciones. Así que el erigido por las masas campeón nacional de los singer-songwriters, Nacho Vegas, salió a cantar y contar las suyas, acompañado por Abraham Boba al piano y acordeón y por un percusionista melenudo. Los ojos del público que antes hablaba brillaban al escuchar las letanías del asturiano, regalando aplausos que a veces parecían demasiado de plaza de segunda. Pero Nacho seguía impasible, bordando joya tras joya de su repertorio, logrando picos en canciones como Miss Carrusel o Dry Martini, y alguna depresión en desarrollos demasiado largos en un par de temas. La instrumentación de café-concierto hacía más otoñales todavía las canciones de Nacho Vegas, que puede que no tenga la voz de Mark Eitzel, pero ni falta que le hace para conectar a la gente con sus canciones. Ovación, oreja y vuelta al ruedo.
Como siempre en Joy, ni un bis, telón y huida a la carrera. Pero tampoco está mal que los conciertos no se eternicen. A ver hoy qué tal el támdem Rosenvinge-Rouse.
