Hacía mucho tiempo que no vibraba tanto con un concierto como el del pasado jueves. Disfruté mucho con el de Fountains of Wayne, pero no recuerdo algo que me llegara tanto desde que vi a Antonio Vega en la sala Moby Dick.
Fue apoteósico. En directo Josh Rouse es un sentimiento con brazos y piernas, su voz es espectacular y su dominio de las intensidades con ella, en perfecta comunión con la canción, su ritmo, su letra, me hicieron pensar que estábamos ante alguien muy grande y obviamente infravalorado.
Con su pose pasota y su aspecto de protagonista de sensación de vivir (queriendo ser Dylan pero siendo Brandon), José Luis como le llamaban algunos (vive en España) interpretó con su acústica y el apoyo de Raúl (Refree) un repertorio en el que cada canción se hacía inmensa respecto al recuerdo que yo tenía de muchas de ellas. Especialmente las canciones de "Nashville" que hasta ahora me parecían en su mayoría dignas compañeras de la maravillosa "It's the nightime" (como eché de menos ese sonido de steel guitar en el estribillo), se convertían en perlas seleccionadas de un repertorio aparentemente ilimitado.
Canciones como Quiet Town, casi susurrada, contada más que cantada, se hacían emocionantes y cercanas. Fue la segunda, y ya uno tenía sensación de estar en uno de los grandes conciertos de los últimos tiempos.
Ni siquiera empañaron el concierto las dos horrorosas patochadas en castellano, con mención especial para una especie de himno para guiris veraneando en Benidorm en el que Josh pedía a la gente que coreara "Ciudad de la playa", con sonidos aflamencados. No venía a cuento, mucho menos precediendo a 1972, resultando chirriante un cambio de registro tan brusco. La otra también era una especie de chiste, que encajaba igual que en un funeral.
Las canciones se hacían tan grandes que me preguntaba una y otra vez si sería que las había escuchado poco y eran mejores de lo que yo las recordaba, o que la magia de Rouse era capaz de ponernos la piel de gallina cantando el porrompompero (espero que esta metáfora no le parezca una buena idea).
La emoción se respiraba en el ambiente durante todo el concierto, el silencio del público era sobrecogedor (y nada habitual).Yo terminé con lágrimas en los ojos cuando hacia el final tocó de forma magistral esa obra maestra llamada "Sad Eyes". La dejo aquí, no sin antes agradecer, una vez más, y más que nunca, a la Sala El Sol haber organizado una programación tan alucinante para celebrar su 30 aniversario, y ya de paso, estos 30 años de grandes conciertos. Espero ir a ver conciertos allí con mis hijos, así que como dicen los amigos suramericanos, ¡¡Aguante El Sol!!

