El primer álbum de la “malagueña salerosa” (permítaseme el homenaje a Los Panchos) Ana López es, sin que ella lo sepa, el resultado de una dinámica natural en nuestro país, fruto de una incorporación definitiva de la mujer al mundo de la música popular que todavía sorprende a algunos, pero que en unos años llegará a su perfecta normalización. En los países más desarrollados del mundo, Francia, Suecia, EEUU, Canadá, Reino Unido, el número de referencias discográficas femeninas de alta calidad, no necesariamente de éxito comercial, ha crecido exponencialmente en los últimos diez años.
Detrás de las cabezas visibles de cartel, por decirlo así, hay una lista que a veces me deja exhausto de tanto rastrear pistas, una serie infinita de artistas dispuestas a encontrar su sitio en este incontrolado big bang en el que se ha convertido la música folk.
Aunque no es folk propiamente dicho. Lo que por lo general hacen estas nuevas cantautoras es tomar partido por sonidos eminentemente acústicos mediante canciones que se apoyan directamente en la voz para expresar emociones y sentimientos. Todas tienen las mismas maestras, las divas del jazz por un lado, las del country y el blues por el otro y las del sesenta y ocho en el centro.
Difícil será encontrar alguna que no reconozca su amor por el malogrado Jeff Buckley o que no se le salte una lágrima al hacer una versión de Townes Van Zandt, el tejano universal.
Y todas reconocen ser lo que son por Bob Dylan.
Annie B Sweet no es una excepción. En sus letras van apareciendo sentimientos de duda, indecisión, seguridades perdidas, ilusiones rotas, primer desencanto al ver que las cosas se repiten (bienvenida a la madurez) y un resto de insatisfacción como de posos de café en un desayuno con prisas.
Pero lo que hace a Ana López excepcional es su vertiginoso ascenso. Forma parte de un movimiento (nada cohesionado, como es natural, en el país de la envidia y los celos por antonomasia) que tiene entre sus más ilustres representantes a Irene Tremblay (ex Aroha), Miren Iza (Tulsa), a Alondra Bentley, y a Lourdes Hernández (Russian Red) junto a un número de voces nuevas que están por llegar y que, como Annie B Sweet, pueden ver su vida patas arriba de la noche a la mañana con tan sólo veinte años tras colgar unas canciones en myspace, encontrar productor, disquera y agenda de conciertos, todo en un tiempo récord de seis meses.
Las canciones de “Start, Restart, Undo”:
Comienza el disco con A Sarcastic Hello, que juega al despiste mezclando una melodía entre Lennon y Nilsson, sonriente como una de las bonitas del primer Ben Harper, silbidos incluidos, para, al tiempo, dar la bienvenida a los problemas del mundo grande y terrible, el de fuera y el personal. De las mejores del disco.
Le sigue el single, Motorway, un irresistible “clap your hands” que uno se imagina futurible en el FIB delante de miles de personas como una sensación tan envidiable (si me pongo en su piel) que prefiero no pensarlo demasiado. ¿Alguien se acuerda de Rain, aquella increíble canción de aquel grupo hippie-grunge llamado Blind Melon? ¿No os recuerda? Personalmente es la que más me gusta del disco, hasta el punto de echar de menos que hubiera seguido por esta línea en, al menos, un par de canciones más.
Oh i oh oh i es el tema más original del disco, en un juego vocal discordante cercano a los experimentos vocales de Tom Waits o Lydia Lunch.
Let´s Have a Picnic, apoyada por la réplica vocal de Brian Hunt, tiene el mérito de probar suerte con una fórmula de dueto como la protagonizada por Isobel Campbell y Mark Lanegan en sus dos discos juntos, aunque se echa de menos un mayor contraste en las voces de la una y del otro. Siendo como es su color de voz muy cercano al de Ana Torroja, habría quedado más “niquelada” la cosa si el dueto hubiera sido con Josele Santiago. Ojalá tome la idea.
Song for Pain es, como anuncia el título, una canción sobre el dolor, ionesquiana, como un imperdible clavado bajo la piel del antebrazo. Los arreglos de esta canción destacan sobre el resto, siendo de las más redondas del disco en cuanto a la producción.
La la la es una canción de carrusel, de girar en los caballitos de la feria entre acordeones, violines y contrabajos, de nuevo cercana a la imaginería del genio de Pomona, California.
Capturing Images muestra los mejores registros de voz de Ana, acercándose en algunos momentos a la magia de Harriet Wheeler, la cantante de The Sundays y una de las mejores vocalistas pop que he escuchado en mi vida.
To Roll Like A Ball es una pieza que rompe el clima un tanto atormentado del disco, con un honky tonk que te hace reír, por ese aire a Jerry Lee Lewis del principio, y que dispara certero con la armónica en una atmósfera hill-billy de lo más aprovechable. Saben a poco los 2 minutos cuarenta y cinco.
Second Hand, a golpe de bajo y acústica, sobresale como presumible segundo single. Son esos sentimientos de segunda mano que nos hacen madurar al ver que la decepción es una historia que se repite.
Y una sorpresa, al ver lo bien que le queda a Ana López cantar en español, como un vestido de estreno ceñido y sexy. El vestido es una versión, Tumbado en mi moqueta azul, un espléndido tema compuesto por César Fernández, de The Melocotons, y en el que Ana se suelta y canta como en ninguna otra de las canciones del disco. Un cruce entre Mecano y Julieta Venegas. Sic.
Llega la canción número once, Again, con ecos cranberrianos, una de las más sencillas y bonitas del disco, con sus escobillas y toques de bombo, sus punteos nerviosos y Ana demostrando que puede dar de sí mucho más todavía.
Cierra el disco Mr. D cantando al otro gran miedo, el monstruo de la soledad, cada vez más frecuente en nuestras ciudades, y al que nunca acabamos de acostumbrarnos. Por mucho que uno ponga la caja tonta para no pensar.
En suma, Ana López ha firmado con este “Start, Restart, Undo” un disco de debut nada obvio, no exento de originalidad y de riesgo, que suena sincero, a veces incluso demasiado ligero de ropa si no desnudo, con canciones que ganan cuando uno se molesta en prestarle la atención que merecen, en las que el trabajo de Brian Hunt (Templeton, Half Foot Outside) en la producción es casi de Mago Merlín, y con la ventaja de poder ser asimilado y consumido por un público más amplio que el reducido círculo independiente o especializado.
Ahora vienen los conciertos, la ocasión para ver a esta estrella malagueña en pleno crecimiento es irrepetible. No la desaproveches.