Enfrentarse a un nuevo single de Cooper es como regalarse otro trago de un licor favorito: las sensaciones son siempre semejantes, pero no por ya conocidas dejan de ser placenteras. Dicho de otro modo: Cooper son uno de esos raros casos en la música a los que el déjà vu realza y favorece. Desde sus comienzos, los parentescos les designan como nuevos artesanos del mejor pop de otrora, pero con el paso del tiempo las llamadas a la memoria de su propia historia previa no hacen sino afianzar la identidad propia de una propuesta que se mantiene viva al margen de revivals, de mods, y de modas. Su música siempre se muestra cargada de una extraña forma de nostalgia por el ayer lejano capaz de llegar a provocar en el oyente la añoranza de un tiempo no vivido, de unos años en los que nos imaginamos jóvenes, elegantes y airados incluso antes de haber nacido, pero esa capacidad para la emocionalidad retroactiva no le acaba de restar a las canciones de Cooper atributos suficientes de modernidad y frescura.
Estando como están de reñidos los surcos en los discos de 7” (no es el caso de este “Lemon Pop”, editado en el más holgado formato de CD-Single), habrá quien le ponga pegas a la manía de Alex por ceder tanto espacio en sus discos a las versiones. Esta vez es “Getting over delusion”, canción del primer álbum de Myracle Brah, la elegida para pasar por el filtro regenerador de unos Cooper que se muestran del todo capaces de llevar el tema a su terreno. “El círculo polar” es puro Cooper aunque lleve la firma de Andy Bopp. Pop de guitarras luminosas y ánimos optimistas que a los más fans de la banda les traerá a la cabeza temas pretéritos como “Vértigo” o “Cierra los ojos”. Sueños, esperanzas y escapismos como alimento lírico de una canción de perfiles melódicos amables que sin embargo no llega a encontrar la menara de contagiar la sensación de euforia o entusiasmo que cobija entre sus líneas.
A pesar de resultar por momentos algo enclenque en lo instrumental, “En el sofa” seduce sin remedio desde su sencillez y su sosiego, poniendo todo el énfasis en unas palabras sentidas y se diría que sinceras que rebosan ternura en su descripción de un quehacer cotidiano -“Cada día comienza de verdad cuando ella me besa en el sofá”- que sólo se entiende y se soporta en compañía de la persona amada. ¿Cooper pasado por el filtro naivista del indie-pop sueco?
Tras la calma, la tormenta power pop, el himno, el rugir de las tripas y las sienes en el presente más vivo de un Alex Díez que sigue empeñado en ser ningún otro que él mismo, en marcar su propio ritmo y hacer crecer su carrera con pasos medidos, lentos, pero seguros. “Ruido” arranca encabritada, haciendo honor a su título con unas guitarras del todo excitadas, y una letra -“Vamos ya, busco cómplices para luchar. Ojalá tu quieras resistir al lado del perdedor”- que parece querer saldar deudas con los fantasmas del pasado -“Me ha pasado media vida desnudando mi corazón, confesando mis secretos en cada canción. Llorando lágrimas negras en el bar de la estación, confundiendo los sentidos en busca de acción. Yendo a toda velocidad, entre rabia, vértigo y maldad. No sé que más te puedo dar”- y de paso provocar a las generaciones más jóvenes a la acción directa, a la recuperación de aquellas formas de agitación y excitación juvenil que parecen haberse diluido entre los pliegues de un conformismo materialista que atenaza el raciocinio y la capacidad crítica de quien acepta y calla.
El pop panorámico de Cooper exhibe en “Ola de calor” su cara más colorista y frívola. “Cualquiera puede ver que crece la tensión y el miedo no te deja respirar. No sé lo que es peor, la ola de calor o ver que no es posible reaccionar. Ya está aquí, ya ha llegado. Lo anunciaban por la televesión, lo escuché por la radio, sólo hablaban de la ola de calor. La amenaza no era real hasta esta mañana. Ahora el sol me impide pensar. Quema mi cara”. Aunque su estructura -esas estrofas punteadas por na-na-na-na-ra-nas, ese ritmo respingón con resgusto a años sesenta, su humor tornasolado- pueda resultar atípica en un primer momento, la canción acaba resultando, por fresca, liviana, inmediata y pegadiza, el momento más interesante del disco.
Como generoso regalo, el single incluye una quinta pista de una hora de duración en la que se recoge el concierto único de versiones que Cooper ofrecieron el 18 de enero de este ya moribundo 2008 en la sala Gruta 77 de Madrid, una hora de actuación en la que la banda se dedicó a homenajear algunas de sus canciones favoritas, de grupos, épocas y estilos diversos. Gigolo Aunts, Buzzcocks, The Muffs, Raspberries, Radio Stars, Nacha Pop, Los Flechazos... Canciones clásicas -que lo son o que deberían serlo- que sostendrían por sí solas cualquier repertorio. Yo me quedo con “Tonight” de Raspberries, “Ráfagas” de Los Bólidos, “Nervous Wreck” de Radio Stars, “I Can't Let Go” de The Hollies o “Rabia” de los propios Cooper, pero para gustos... colores.
Lo decía el propio Alex en la nota promocional del disco: “pop de limón es la mezcla agridulce perfecta, como lo que hay en nuestras canciones: melodías alegres y veloces que a veces esconden palabras tristes o introspectivas”. Infalibles en lo suyo.







