Goldfrapp "Seventh Tree" (Mute, 08)

por: luismr · 13/Mar/08 18:35 · No hay comentarios - escribe el tuyo
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Ese ente postmoderno que forman la sensual y camaleónica Allison Goldfrapp y el multifuncional Will Gregory, auténtico cerebro musical en la sombra del grupo, ha decidido a la altura de su cuarto álbum reinventarse de nuevo. Y acostumbrado su público de última generación a los devaneos en clave electroclash de “Black Cherry” (Mute, 2003) o al glam-rock sintético, malhumorado y sexualmente ambiguo “Supernature” (Mute, 2006), el aire pastoral y bucólico que desprenden temas marcadamente acústicos como “Clowns”, “Cologne Cerrone Houdini” o “Eat Yourself”, a la postre algunos de los mejores momentos del álbum, cuando menos, sorprende.

“Seventh Tree” es, a su manera, un disco de sunshine pop, un disco templado y luminoso que puede encajar a las mil maravillas con los ánimos primaverales de todo aquel que no sufra de astenia: folk-pop de melodías amables que sustituye las orquestaciones lujosas de Nelson Riddle, Percy Faith, Van Dyke Parks o Guy Lombardo por esos más comedidos telones de psicodelia ligera y burbujeante que Will Gregory y Nick Ingman han urdido a partir de sintetizadores, programaciones y cuerdas, muchas pero siempre suficientemente discretas cuerdas.

A quienes en el pasado hayan preferido la cara más artificiosa y bailable de Goldfrapp, este “Seventh Tree” podrá parecerles poco más que muzak pop sospechosamente floreado y hippie; desde la misma portada. Otros hablarán de vuelta a los orígenes etéreos de “Felt Mountain” (Mute, 2000), y parte de razón tienen, aunque aquel fuera todo ensoñación, enigma y fantasía y este desprenda brisas más terrenales, maduras, optimistas y naturales; más apacible vigilia que ilusión y sueño.

Más cerca de la estética post-rave de One Dove, el “pop analógico” de Air o el folk intimista del único disco de Beth Gibbons que de la frivolidad que se respira en cualquier club abonado a la tendencia (a los que parecían ir dirigidos los dos últimos discos de la pareja), “Seventh Tree” muestra sus cartas desde su mismo comienzo: nada de baile tendencioso, lo que hay aquí es un disco de pop ligeramente psicodélico construido a base de delicadas armonías, arreglos de cuerda y sobre todo una magnífica y madura voz exhibiendo multitud de matices.

Una guitarra acústica arpegiada introduce “Clowns”, delicada y preciosista postal acústica que mece la voz más susurrante que de costumbre de Allison en gustosos arreglos de cuerda y trinos de pájaros. El comienzo de “Little Bird” combina secuencias analógicas, cuerdas y guitarras acústicas de tono solemne (la electrónica chill-out de Zero 7 o Bent en el armario) hasta que la batería y las guitarras rebozadas en ecos y reverb generan un ambiente entre acuático y cósmico que puede recordar a los discos de The Aloof o Broadway Project; todo al servicio de una voz aquí cercana a la de la mejor Elizabeth Frazer de Cocteau Twins.

Las primeras líneas melódicas de “Happines” (uno de los pocos temas que podría encajar entre los menos bailables de “Black Cherry”), todo timbres sintéticos, pueden traer a la memoria la electrónica melodiosa y naive de Plone o, viajando más atrás en el tiempo, el pop protoelectrónico de Jean-Jacques Perrey y Gershon Kingsley; las armonías vocales y los arreglos de metales y vientos acercan el tema en su segunda mitad al pop orquestado de High Llamas.

Cuerdas voz y pellizcos a lo que parece un arpa o una cítara abren con tino “Road To Somewhere”, tema sedado y un tanto anodino que tiene tanto en común con el ambient lounge de regusto exótica de The Gentle People como con una Roisin Murphy narcotizada a la que se les hubiese prohibido levantarse de la mesa.

La guitarra española de “Eat Yourself”, sonando como lo haría un disco de pizarra en un gramófono viejo, marca una de las cotas del álbum; voces y ambiente recuerdan a Beth Gibbons, mientras que el bajo y los arreglos de cuerda pueden traer a la memoria el trabajo instrumental del gran David Axelrod.

“A&R”, primer single del disco, suena como hubiese sonado la Beth Orthon más animosa si a los Chemical Brothers se les hubiera unido David Friedmann en el estudio; claro que tampoco hay tanta distancia entre esta canción y algunas de la primera época de Nelly Furtado.

“Cologne Cerrone Houdini” funde cuerdas de filiación incierta (por momentos suenan a arreglo de música disco -Cerrone en el título-, aunque también pueden revolotear en la memoria los arreglos de cuerda que lucían los discos del Serge Gainsbourg más bizarro y aventurero) con guitarras acústicas y ambientes etéreos que parecen herederos de la fórmula french-touch de Air, mientras que *”Caravan Girl”, más rítmica y animada, se acerca por momentos a los terrenos de los siempre elegantes St. Etienne.

Sorpresa difícil de digerir para unos y bendición para otros. El contrapunto sensual y maduro al glamour reflejado en la bola de espejos. Una flor que se va abriendo a la primavera poco a poco y que encierra pólenes tan embriagadores como “Clowns” o “Eat Yourself”, temas que se cuentan sin ninguna duda entre los mejores grabados nunca por la pareja.

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