
Tan prolífico como deliberadamente dejado en lo que se refiere al acabado final de sus temas, el inimitable Joe Crepúsculo entregaba durante el pasado mes de noviembre su segundo disco largo en menos de un año. Habrá quien encuentre en aquel primer "Escuela de Zebras" sus canciones más redondas e inspiradas (temas como "Los viejos" o "Los Cazadores" siguen estando entre los mejores del Crepus), pero ha sido "Supercrepus", por ser su segundo y quizás más refinado esfuerzo, el trabajo por el que Joe Crepúsculo ha coleccionado mayores halagos. Y aunque a este disco, como al primero, se le podrían buscar muchos peros, por aquí nos parece que "Supercrepus" confirma con nota a uno de los personajes más brillantes y bizarros que se pasean a día de hoy por la escena pop independiente española.
En unas páginas como estas, en las que son las guitarras y las melodías cuasi-perfectas de aromas clásicos las que suelen llevarse los mayores afectos, la canción de autor feista, verbernera y alucinada cantada como con voz de sueño (a veces, más que cantando, parece que Joe estuviera bostezando, o haciendo ambas cosas al mismo tiempo, y en esa forma de enunciar como distraida o relajada reside buena parte de la identidad de este álbum) sobre "organillos de feria" de Joe Crepúsculo puede parecer poco menos que un disparate postmoderno. Que cada cual piense y opine como quiera, pero quien tilde de broma este curioso "Supercrepus" atendiendo sólo a su desaliñado aspecto externo se estará dejando en el tintero tres elementos esenciales a la hora de juzgar a Joe Crepúsculo: descaro, personalidad a raudales y algunas grandes -aunque se vendan como feas y desafinadas- canciones.
El suyo es un hacer deformante y antimimético que le emparenta en espíritu con entidades anómalas del pop patrio de ayer y de hoy como Derribos Arias, Patrullero Mancuso, Les Biscuits Salés, Solex, Bicicros, Don Julio y los Cocholas, Manos de Topo o Hidrogenese, propuestas de marcada personalidad que no se miran en el espejo ni de los indie ni de lo extranjero, sino que se emplean en la creación de un imaginario lírico muy propio. Y es que aunque las formas musicales, más esmeradas y notables que antes (escuchen la extraña base -entre la cadencia del rocksteady y una suerte de lounge retrofutusita latino- de "Los lagartos", las guitarras con sabor a cosmic country de "Camino de vida", o los arreglos de clarinete en clave más o menos free que enrarecen "Caja de lluvia"), se hayan suavizado y a su pop sintético amateurista -el disco está grabado en compañía de amigos como David Beef, Daniel Descabello o Internet 2 en la cocina del propio piso de Joe en Barcelona- a base de teclados y cajas de ritmo baratas se le puedan encontrar parentescos con los principios de bandas tan respetadas como The Magnetic Fields, The Russian Futurist o Casiotone for The Painfully Alone, son las letras, mezcla de costumbrismo alucinado, romanticismo de barrio y esperpento desenfadado, las que confieren interés y valor diferencial a las muy castizas ("Te levantas y luego vas a comprar pan. Te preparas un bocata de chorizo para ir a trabajar", canta en "Aguas Pantanosas") y personalísimas canciones de Joe Crepúsculo.
Más allá del hype que parece estar fraguándose a su alrededor, canciones como "La canción de tu vida", "El día de las medusas", "Caja de Lluvia", "Amar en tiempos de democracia" o "El día de la sardina" hacen de "Supercrepus" una de las cosas más singulares y entretenidas que le han pasado al pop español en los últimos años. Eso sí, con bastantes menos canciones (hasta 20 caben en el disco), más escogidas, la cosa le hubiera quedado mucho más redonda.