Verano fatal, dicen… Cuentan desde su sello que ambos venían desde hace tiempo teniéndose ganas, pero ha tenido que ser el azaroso destino (en forma de propuesta externa a cualquiera de las dos partes implicadas en el proyecto) el que les ha puesto a trabajar juntos. Si algo a veces se sabe, es cómo empiezan las cosas; hay que creerse vidente para pretender saber cómo acaban…
La anunciada colaboración entre Nacho Vegas y Christina Rosenvinge de cara a la participación de ambos en el próximo Rockdelux Weekend ha acabado dando de sí todo un mini-álbum de siete canciones (algo más de veinticinco minutos de música) que verá la luz oficialmente el próximo 22 de octubre, un día después de que concluya el festival itinerante auspiciado por la publicación Rockdelux.
Siete canciones, siete, escritas a contrareloj (los créditos dicen que tres son de Christina, otra de Nacho, y el resto son fruto del trabajo conjunto) en algún lugar recogido de Gijón, y grabadas en un par de semanas de frenética actividad para llegar con algo que enseñar al comienzo de la gira. Guardando las espaldas de sus respectivos hidalgos, los escuderos Xel Pereda (en el rincón de Nacho) y Charlie Bautista (en la esquina de ella); completando el cuadro de testigos, Manu Molina (batería habitual de Nacho) y el bajista asturiano Luis Rodríguez.
“Me he perdido” abre el disco poniendo el listón arriba. ¿Banjo o mandolina? Los escenarios son de sobra conocidos, los personajes comparten sombras y perfiles, pero tanto la voz protagonista de Vegas (lejos de esa afectación y ese dramatismo hueco que tantas veces ha lastrado sus canciones en el pasado), como la propia letra (encuentro fortuito de dos seres heridos, crónica de confusión “amorosa” en la que se mezclan compasión, ironía, ternura, lívido y lascivia) hacen que todo suene de una manera más fluida, más ventilada y natural que lo acostumbrado en su obra reciente. Y hablamos sólo de él, porque la Rosenvinge aquí limita su participación a unas tímidas y soterradas segundas voces ocasionales que ni restan ni suman.
En “Humo” la responsabilidad cambia de manos; es ella quien lleva las riendas del tema, y, como era de esperar, los humores son otros. Rock lento y cargado de polución eléctrica que les acerca a los buenos momentos de Come; mayor abstracción a nivel lírico, enunciación más íntima y palabras que se mezclan con los más húmedos alientos para pegarse al hueso.
Tercer título y tercer quiebro. “Verano Fatal”. Noise rock denso y pianos “velvetianos” que sitúan el tema a medio camino entre el caudal eléctrico de Crazy Horse y decenas de bandas (los Sonic Youth menos disonantes, los primeros Unwound, los Seam más arrebatados o los temas más armónicos de Polvo) que hicieron lo mismo a mediados de los noventa. Primer momento en el que las voces cohabitan, en el que Nacho y Christina cruzan pensamientos en voz alta. No es que hagan saltar chispas precisamente, pero la cosa vocal funciona; más de hecho que el conjunto del tema, más áspero y peor acabado, menos intrigante que cualquiera de los dos títulos previos.
La prometida unión de hecho parece consumarse por fin en la más dinámica “Ayer te vi”. Ya no se respetan los turnos, no sólo se intercambian palabras; las que hay se cantan a dos voces, dos sensibilidades lejanas ejerciendo de observadores, compartiendo una historia de reencuentros y recuentos alrededor de personas que significaron algo en un pasado que aún no se ha olvidado.
“No pierdes lo que das” reincide en la estética “velvetiana” (esa cadencia, esa pandereta). Arquitectura preciosista, más liviana, más ligera, que teje a base de voz adormilada (la de ella), guitarras y pianos cristalinos la postal crepuscular de un verano amable que recuerda a los mejores momentos de la añorada Hope Sandoval.
“Que nos parta un rayo” vuelve a llevar el balón al terreno de juego “vegasiano”. Oscuridad, rezos, cigarros, cruces, cenizas, dolores, preguntas, rayos y luz, imágenes tomadas prestadas del acervo cultural popular y Christina ejerciendo de reemplazable corista. Una canción muy digna, bien construida, que sin embargo, lo siento, no llega a transmitir nada.
Cierra el disco “No lloro por ti”, miniatura interpretada sólo a base de guitarra acústica y flauta que no se asusta de sonar muy ñoña porque esconde retranca.
Las filias y las fobias de ambos se dan cita en el disco. Rock de riff clásico y distorsionado y timbres acústicos de ánimo baladista conviven con esas historias de género que esta vez, además de pérdidas, alcobas a media luz, dudas, confusión y heridas, incorporan destellos de humor, guiños autoreferenciales y medidas dosis de ironía. Colección surtida de momentos notables (“Me he perdido”, “Humo”, “No pierdes lo que das”) y momentos más prescindibles (“Verano Fatal”, “No lloro por ti”) que probablemente harán las delicias de los fans del uno y de la otra.