Doce escenarios diferentes posee el primer elepé de Wild Honey, "Epic Handshakes and a Bear Hug", doce habitaciones que recrean con lenguaje actual los años sesenta y setenta, llenas de vida las doce. Unas canciones que a veces parecen sonar dentro de una caja de música, como bandas sonoras de alguna de las enfermizas vitrinas de Las Hortensias de Felisberto Hernández, logrando eso que en palabras de Brad Jones sería "cosmic bedroom music", pero que no es más que pop en estado puro, lejos de réplicas miméticas de glorias pasadas.
La asombrosa belleza de algunas canciones del disco te lleva inmediatamente a Paul Newman en bici y con bombín, a Ana Torrent buscando setas con Fernán Gómez, a Gary Grimes fascinado por Jennifer O'Neill, a Albert Finney y Audrey Hepburn en coche por Normandía, al dolor de José Luis Alonso a pesar del milagro veraniego de Catherine Spaak, a los fuegos artificiales ante el beso de Grant y Kelly.
La enciclopédica sabiduría musical de Guillermo no fuerza en ningún momento la máquina de citas y referencias, entrando todas de manera natural en las canciones, lo que hace igualmente disfrutable el disco y sus doce gemas a oyentes fuera del círculo del saber -como es el caso del que escribe estas líneas-, lo que aumenta si cabe el valor de esta obra maestra de mesa camilla que es "Epic Handshakes and a Bear Hug".
Con cada sonido e instrumento en su sitio y cada parapapá en el momento adecuado, las palmas que dirigen el ritmo en varias de las canciones del disco deben convertirse en aplausos para proclamar, con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño, que estamos ante el disco del año, y seguramente ante un clásico que nos acompañará durante muchos años en nuestra vida.