“Adiós a todo eso”, así titula Robert Graves sus memorias de juventud en las que narra la forja de una rebeldía cincelada por el inenarrable sufrimiento en las trincheras de la 1ª Guerra Mundial, y es que a las guerras va uno a matar a los malos y acaba por descubrir que los malos no son solo los que pegan tiros, sino también los que, al lado, te dan codazos. Uno, que ha pasado por las trincheras del rock, también pretendía con este concierto decir “adiós a todo eso”, harto ya de la visión limitada del mundo que se obtiene desde esta triste zanja embarrada y con olor a letrina ¿Y qué mejor despedida que con una banda que sin duda representa la más alta cota de la historia reciente de ese rock, y que por ello era una cuenta pendiente en directo?
Redd Kross han sabido aglutinar en su extensa trayectoria casi todo lo bueno que la cultura pop anglosajona ha producido. Han reinterpretando sin complejos tanto la inocencia colorista americana de postguerra, como la no menos colorista, pero más escéptica, Era del Flower Power y no por ello han perdido el pulso de los tiempos que les vieron nacer como banda. En tiempos sectarios siempre apostaron por la apertura de miras, y su constante negativa a circunscribirse sin ambages en escenas más o menos definidas les ha llevado a trazar un camino personal iluminado por la inteligencia y un indudable don para la melodía. Han tenido la vista, que casi nadie de su generación tuvo, de comprender que el Heavy Metal, por género rupturista como no habido otro en la historia del rock, puede dar, si se sabe utilizar, excelentes resultados sin tener que, por ello, renunciar a esas melodías vocales que son herederas del pop de toda la vida. Consiguen estos californiano, así, un estilo muy propio que resulta mucho más moderno que cualquiera de los dogmas de fé que se han ido sucediendo en el panorama rock en las últimas décadas, y que sobre todo aguanta el paso del tiempo admirablemente, mientras que la gran mayoría de los discos de sus compañeros de generación, e incluso muchos de la era Grunge que también fueron capaces de mirar al metal a la cara, se han deshinchado como globos aerostáticos. “Show World” es una obra inapelable, a partir de la sencillez del pop crean una obra magna, ambiciosa, vibrante, erudita, bella, que desde el punto de vista del Punk-Rock americano reinterpreta el rock setentero de Led Zeppelín y derivados, para así conseguir reducir las calorías de unas empalagosas melodías tomadas del bubblegum. Mientras otros se dedican a difuminar, que es lo fácil, ellos perfilan para lograr presentar lo viejo con un nuevo relieve, que lo convierte en novedoso.
El concierto en Joy Eslava fue intenso y lo disfruté mucho, pero me hubiera gustado un poquito más de caña y efectivamente fue muy corto, se echaron de menos cantidad de temas, y es que quizás en España estamos mal acostumbrados y tenemos la conciencia de que todavía somos un país exótico y que cuando los americanos vienen a tocar aquí nos van a brindar un trato especial simplemente por que flipan con estar tocando en España, pues olvídense, estamos en el mercado global, somos la octava potencia consumidora de música del mundo y ya nadie flipa con tocar en España, a lo sumo los grupos españoles que son los que más crudo lo van a tener para tocar en los años venideros. Pero que estamos en el mercado global se notó sobre todo en el público, que ya no es aquel público español caluroso y entusiasta, pues ha perdido para siempre, por saturación, el concepto mágico de la noche irrepetible, para cambiarlo por la rutina de la suma de momentos a apuntar en el techo.
Así pues la banda cumplió, de la misma manera que cuando toca en Iowa y tampoco se les puede pedir más, tampoco menos. Los hermanos McDonnald son unas bestias del escenario y en todo momento respondieron a las expectativas. El otro guitarrista, Robert Hecker, una extraña simbiosis entre el cuerpo de Steve Urkel y la cabeza de Manuel de Falla en los billetes de 100 pesetas, también aportó lo suyo y llenó el escenario de simpatía y falta de complejos. La sala es, y estaba, simplemente impresionantemente bonita y la gente de Love to Art y de la propia sala se portaron de maravilla con nosotros. Por tanto creo que ha sido una buena despedida del rock, de este tipo de rock, y me voy con buen sabor de boca. Si me veis en algún concierto de estos, será que he recaído.