Rufus Wainwright es agradable, simpático, tremendamente atractivo, un showman de primera, con excelentes canciones, una preciosa puesta en escena, una banda increible y, por si fuera poco, canta bien. Ayer noche lo demostró con creces en La Riviera ante un público que -hay que reconocerlo- se (nos) vendió (vendimos) desde la primera nota.
Rufus apostó por las grandes canciones de su último álbum, Release The Stars, y triunfó. La banda, compuesta por siete miembros, lo arropó allí donde el canadiense precisaba de ella, construyendo las melodías con gran elegancia y, lo más importante, sin eclipsar en ningún momento la gran voz de Rufus. Incluso cuando se enfrentó en solitario armado por su precioso piano de cola, supo mantener a la audiencia en vilo. Cuando parecía que “el más difícil todavía” ya se había conseguido, ahí estaba este hombre para ofrecernos un poquito más.
Siguiendo una escala de color, el recital empezó violeta, continuó en verde, alcanzó el magenta y explosionó en rosa. Lanzando continuos guiños a la audiencia, hablando de Madrid, de sus gustos y de cómo las personas que están cerca de él, irremediablemente, sacan discos y se convierten en famosos (Martha, bonita, ¿esto iría por ti?). La verdad es que Rufus no hace concesiones. Ni falta que le hace. Porque él sí que sabe. Con una bonita decoración de mariposas y broches brillantes, él y su banda emitían más destellos que el árbol de Swarovski que cada Navidad adorno las galerías Vittorio Emmanuele de Milán.
Y, este personaje tiene luz propia. El bis al piano, incluyendo el único tema cantando en français de toda la noche, ataviado con un albornoz blanco modelo estrella de cine, nos hizo volar. Poco después, vendría el punto álgido del evento, esa transformación en medio del escenario del Rufus cantante al Rufus travestido y juguetón, convertido en una vedette de Broadway con preciosos stilettos, labios carmín, grandes pendientes y coqueto gorro, acompañado de su banda vestidos de traje y pajarita artífices de una coreografía que ya querría para sí Norma Duval.
“‘Cause, baby, no, you can’t see inside; No, baby, no, you can’t see my soul”. Pero ayer sí, Rufus, ayer te dejaste ver y gracias a ello, todos salimos del concierto siendo mejores personas.