Se dice que la lluvia y el frío alimentan la creatividad de los grandes músicos. No sé que opinarán de esto las bandas de California, pero lo cierto es que se dice… También se afirma que tras el fenómeno Björk, se idolatra todo lo que viene de Islandia. Podría ser… Sin embargo, lo que no se puede defender es que los habitantes de la Isla del Hielo se pasen todo el día comiendo bacalao de las Feroe. Ayer, cuatro de sus ciudadanas así lo atestiguaron en Madrid.
En el ciclo de conciertos amparados bajo el emblema del Festival de Otoño, la Casa Encendida acogió una velada de tintes oníricos coordinada por cuatro dulces muchachitas que podrían ser definidas como “tres adorables barriguitas y una espléndida Nancy”. Y es que todos, -absolutamente todos-, los allí presentes nos dejamos seducir por la propuesta musical de Amiina sin ningún tipo de prejuicio.
María, Hildur, Edda y Sólrún llevan componiendo juntas desde que se conocieron en 1998 en la Escuela de Música de Reykiavik, -¿hay un nombre más bonito para una ciudad?-, y su formación clásica se nota. Este último factor, hace que se presenten como un cuarteto de cuerda como mandan los cánones, es decir, dos violines, viola y chelo. No obstante, no hay que dejarse engañar, la primera impresión al contemplar el escenario según nos sentábamos en la moqueta del Segundo Patio de la Casa Encendida, nos hacía ver que los Conciertos de Brandemburgo era lo último que íbamos a escuchar esa noche. Así, junto con los instrumentos de cuerda en versión eléctrica, se distribuían campanas, carrillones, xilófonos, vidriófonos, guitarras acústicas y eléctricas, una versión reducida de un clavicémbalo, una hoja de sierra, algún que otro cachivache y, como no podía ser menos, un ordenador.
Todos estos ingredientes fueron utilizados alternativamente por cada una de las cuatro componentes, entre miradas de complicidad, sonrisas afectuosas y una delicadeza y gusto exquisitos. Precioso el detalle de una de ella al descalzarse para no hacer ruido mientras se movía como una pequeña ninfa por el escenario, o dirigirse al público en un perfecto castellano manifestando su alegría de estar esa noche en Madrid y anunciar el comienzo de su “último canto”. Maravilloso también, el detalle del público de permanecer en estricto silencio mientras los grandes violines inundaban la sala, dejándose arropar por los punteados del bajo o meciéndose al arrullo de las campanas.
Marcadas por el estigma de sus colaboraciones con Sigur Rós desde 1999, estas cuatro señoritas se han ganado a pulso un hueco propio en el mundo de la música pop. Porque sí, no incurramos en el error, estas damas del norte hacen pop, y pasan “demasiado tiempo chateando y cocinando…”.