“Adiós a todo eso”, así titula Robert Graves sus memorias de juventud en las que narra la forja de una rebeldía cincelada por el inenarrable sufrimiento en las trincheras de la 1ª Guerra Mundial, y es que a las guerras va uno a matar a los malos y acaba por descubrir que los malos no son solo los que pegan tiros, sino también los que, al lado, te dan codazos. Uno, que ha pasado por las trincheras del rock, también pretendía con este concierto decir “adiós a todo eso”, harto ya de la visión limitada del mundo que se obtiene desde esta triste zanja embarrada y con olor a letrina ¿Y qué mejor despedida que con una banda que sin duda representa la más alta cota de la historia reciente de ese rock, y que por ello era una cuenta pendiente en directo?
Redd Kross han sabido aglutinar en su extensa trayectoria casi todo lo bueno que la cultura pop anglosajona ha producido. Han reinterpretando sin complejos tanto la inocencia colorista americana de postguerra, como la no menos colorista, pero más escéptica, Era del Flower Power y no por ello han perdido el pulso de los tiempos que les vieron nacer como banda. En tiempos sectarios siempre apostaron por la apertura de miras, y su constante negativa a circunscribirse sin ambages en escenas más o menos definidas les ha llevado a trazar un camino personal iluminado por la inteligencia y un indudable don para la melodía. Han tenido la vista, que casi nadie de su generación tuvo, de comprender que el Heavy Metal, por género rupturista como no habido otro en la historia del rock, puede dar, si se sabe utilizar, excelentes resultados sin tener que, por ello, renunciar a esas melodías vocales que son herederas del pop de toda la vida. Consiguen estos californiano, así, un estilo muy propio que resulta mucho más moderno que cualquiera de los dogmas de fé que se han ido sucediendo en el panorama rock en las últimas décadas, y que sobre todo aguanta el paso del tiempo admirablemente, mientras que la gran mayoría de los discos de sus compañeros de generación, e incluso muchos de la era Grunge que también fueron capaces de mirar al metal a la cara, se han deshinchado como globos aerostáticos. “Show World” es una obra inapelable, a partir de la sencillez del pop crean una obra magna, ambiciosa, vibrante, erudita, bella, que desde el punto de vista del Punk-Rock americano reinterpreta el rock setentero de Led Zeppelín y derivados, para así conseguir reducir las calorías de unas empalagosas melodías tomadas del bubblegum. Mientras otros se dedican a difuminar, que es lo fácil, ellos perfilan para lograr presentar lo viejo con un nuevo relieve, que lo convierte en novedoso.
El concierto en Joy Eslava fue intenso y lo disfruté mucho, pero me hubiera gustado un poquito más de caña y efectivamente fue muy corto, se echaron de menos cantidad de temas, y es que quizás en España estamos mal acostumbrados y tenemos la conciencia de que todavía somos un país exótico y que cuando los americanos vienen a tocar aquí nos van a brindar un trato especial simplemente por que flipan con estar tocando en España, pues olvídense, estamos en el mercado global, somos la octava potencia consumidora de música del mundo y ya nadie flipa con tocar en España, a lo sumo los grupos españoles que son los que más crudo lo van a tener para tocar en los años venideros. Pero que estamos en el mercado global se notó sobre todo en el público, que ya no es aquel público español caluroso y entusiasta, pues ha perdido para siempre, por saturación, el concepto mágico de la noche irrepetible, para cambiarlo por la rutina de la suma de momentos a apuntar en el techo.
Así pues la banda cumplió, de la misma manera que cuando toca en Iowa y tampoco se les puede pedir más, tampoco menos. Los hermanos McDonnald son unas bestias del escenario y en todo momento respondieron a las expectativas. El otro guitarrista, Robert Hecker, una extraña simbiosis entre el cuerpo de Steve Urkel y la cabeza de Manuel de Falla en los billetes de 100 pesetas, también aportó lo suyo y llenó el escenario de simpatía y falta de complejos. La sala es, y estaba, simplemente impresionantemente bonita y la gente de Love to Art y de la propia sala se portaron de maravilla con nosotros. Por tanto creo que ha sido una buena despedida del rock, de este tipo de rock, y me voy con buen sabor de boca. Si me veis en algún concierto de estos, será que he recaído.
No me pude aguantar. Tenía unas ganas tremendas de escuchar las nuevas canciones de Nacho Vegas, el problema era que venían en un disco compartido con Enrique Bunbury. No tengo ningún complejo de clase; es decir, no es que me echara para atrás Bunbury por pertenecer al mundo de “lo comercial”. Tampoco es que en los últimos años siguiera teniéndole manía por su pasado en Héroes del Silencio y el histrionismo y chulería del papel que representó en aquellos tiempos: todo el mundo tiene derecho a cambiar y él ultimamente venía haciendo las cosas de otra manera. No, la cosa venía de un detalle nimio si se quiere, pero del que a mi me costaba desprenderme, pues lo conservo vivamente en la memoria: en pleno apogeo de Heroes de Silencio (con el “no seas membrillo”), en aquel programa de la 2, “Rapído”(Ruapiiiiiiiiidou), le hicieron una entrevista al aire libre; en concreto en un parque, supongo que de Zaragoza, donde había niños jugando. Bien, pues un niño de no más de tres años, comenzó a hacer ruidos detrás del banco en el que se sentaba Bunbury frente a la cámara; ruidos inocentes, ya que el niño no tenía ni idea de que aquello era una entrevista, y Bunbury se cabreó y le soltó un “!¿pero te quieres callar, coño?!”, que dejó al pobre niño temblando. Bien, si, una tontería, pero muy gráfica de las estupideces que puede llegar a cometer una persona cuando se toma demasiado en serio esta majadería que es Rock´n´roll, y que a mi, lógicamente, me violentó y me indignó tanto que ahora me resultaba muy complicado el no guardarle cierta antipatía. Pero como digo todo el mundo tiene derecho a cambiar y por tanto a ser perdonado, así que casi me sentí obligado a darle a una oportunidad, más teniendo en cuenta que alguna canción suelta que había oído de sus últimos trabajos me había gustado.
Todo esto lo cuento, por si no habéis caído, con la idea de ilustrar el nivel de adicción que las canciones de Nacho Vegas pueden crear. Siempre tiene uno que andar disculpándose por las adicciones, aunque solo sea ante uno mismo.
“El tiempo de las cerezas” contiene 20 canciones en las que el asturiano y el maño van alternándose (una canción uno, otra canción otro), e interpretando cada uno las suyas propias, excepto en el caso de las dos que cierran cada uno de los Cd´s, en los que cada uno interpreta el tema con el que el otro abre el Cd correspondiente. Solo Bunbury interpreta un único tema compuesto a medias por los dos, “Latex”, y solo Nacho hace una versión, “Bravo”, del cantante mejicano Luis Demetrio.
Yo prefiero a Nacho Vegas, me parece mejor músico en general, pero es cierto que Bunbury no desluce; queda la partida bastante equilibrada, aunque también es cierto que Nacho no se sale tanto como en “Desaparezca aquí”, debido quizás a que el principal reto que plantea este trabajo es el de conseguir la unidad de dos estilos afines, pero muy personales y en muchos aspectos divergentes, lo que probablemente llevó a limar peculiaridades por ambas partes. El reto está conseguido, pero ojo, sin ser una cosa empastada y unívoca, en el disco hay casi de todo.
En cuanto a las letras, las hay por ambas partes muy sugerentes, pero hay pocas realmente memorables: hay grandes estribillos, aunque también hay bastante ripio y cierto atropellamiento. Pero, como viene siendo habitual en ambos, hay una libertad léxica que es muy de agradecer, aunque a veces aparece ensombrecida por algún que otro lugar común roquero.
Decía que me parecía mejor músico Nacho, y es que a pesar de ser 6 años menor que Bunbury(¿o le llamo Enrique?), demuestra tener un control mayor del tempo de las canciones, mientras que Bumbury resulta más atropellado, como si se le desbocarán unos temas que acaban redundando en cierta irregularidad, o en un mayor descuido que los de Nacho al menos, pero también es cierto que quizás debido a esto cuando atrapan momentos de emoción son muy emocionantes; eso si, cuando no lo estropea con un barroquismo excesivo en la voz.
Como son veinte canciones no es cosa de ponerse a comentarlas una a una, aunque realmente todas lo merecerían pues todas tienen aspectos paladeables. Es un buen disco por tanto, que tanto tira del mejor pop español de toda la vida, como de un bien digerido folk rock americano, como de la canción de autor, que suele aflorar entre guiños a las músicas centroeuropeas y mediterráneas.
Por tanto creo que merece la pena, es una buena colección de canciones y el aficionado de Nacho Vegas las disfrutará, pues de alguna manera están en él todas sus vertientes y por supuesto todas sus obsesiones, que vete tu a saber por que han tenido tanto calado en un mundillo que se me antoja a mi bastante más superficial.
Sigo con la serie de opiniones y aforismo sobre música que yo mismo inicie con Buñuel y José continuó con Satie. Le toca ahora el turno a Josep Plá, el mejor escritor español, que no en español, del siglo XX, y muy dado a opinar sobre música. Los fragmentos están pillados al vuelo tan solo de "El cuaderno Gris", obra de juventud publicada en la vejez: escrito con 21 años y sacado a la luz en 1966, cuando el genial ampurdanés contaba 70 años.
“La buena música les gusta más a los hombres que a las mujeres. Esta diferencia está, quizá, relacionada con la desigualdad de la fuerza sensual. En este aspecto, los hombres tenemos, probablemente en todas las edades de la vida, una fuerza menor. Esto quizá convierte la música en el placer sensual imaginativo de los débiles y de los pobres --¡de los pobres en todos los sentidos!--. La música de las mujeres –y la de Don Juan—debe de ser la música de regimiento.”
“Soy más sensible a la pobreza de los otros que a la propia: me gusta –no puedo remediarlo—la música mala; tengo observado que, a las personas a las cuales gusta exclusivamente la música buena, esta música les gusta por las mismas razones por las cuales a mi me gusta la mala.”
“La música mala suele ser agradable y, sin duda, por esto, los que la cultivan tienen tendencia a prodigarla excesivamente. Los de la buena música son más cerrados, difíciles y escrupulosos.”
“El baile me atrae. Me gusta la música mala. El baile me atrae, me deprime, me deslumbra, me hace sentir la timidez que me domina como un dolor físico. ¡No poder llegar a ser ni un fanfarrón minúsculo!. Al final, abandono estas contradicciones y divago en medio de la gente animada y ruidosa.”
“Su estado natural en la tertulia es de una pasividad acusadísima. […]. Ahora bien: cualquier alusión a la música –aunque no sea más que la emisión de un simple tópico—tiene la virtud de animarlo rápidamente. Todos los sentidos se le vuelcan a la superficie. Si la conversación se anima, le invade un nerviosismo incontenible. Como es visible en muchos aficionados a la música, tiene una tendencia a volverse violento. No puede concebir que a alguien le guste algo que él no acepta.”
“Cuando no vuelven del concierto como si les hubieran dado una paliza, es que la música era mala.”
No creo que Tony Joe White haya pasado nunca apuros económicos ya que solo con los derechos que han generado algunos de sus temas es de suponer que haya disfrutado de una vida más o menos holgada. Parece un tipo austero; cualquier otro se pondría enfermo al ver triunfar a otros con sus canciones sin haber acabado de conseguirlo él mismo, pero aparentemente Tony nunca se ha inquietado; ha seguido grabando cuando quiere, si puede ser sin salir de su casa, y ninguna de sus grabaciones, que yo sepa, es sospechosa de traicionar su marcado estilo en pos de unas mayores posibilidades comerciales. Si bien es cierto, que en algunos de sus discos de los 70´s aparece con el pecho al viento, probablemente buscando alguna respuesta erógena en las liberadas matronas norteamericanas de la época; adecuadamente dibujadas (supongo yo, pues nunca he conocido a ninguna) por el judas de Scorsese.
El estilo de Tony, pudiendo ser considerado rock, debiera más bien ser considerado blues, blues blanco, ya que la música que hace no llega nunca a dar ese paso definitivo, y a veces de inextricable vuelta atrás, que hace rock al blues. Sin constreñir en exceso, las raíces del blues en su música son siempre muy palpables, dejándose llevar según la ocasión por los ramales que le ofrecen el soul o el country. Pero sobre todo lo que caracteriza a sus temas es el hecho de poseer un inmenso potencial melódico a poco que se les de una vuelta de tuerca en el sentido comercial. Un giro que Tony nunca ha querido dar; el coloca la pelota y deja que otros rematen.
Toda la credibilidad que se le supone a Tony Joe White, por lo expuesto anteriormente, resulta poca tras verle en directo, pues su propia imagen se me antoja prueba contundente: Se subió el de Lousiana al escenario del Sol con botas de tacón cubano y negra piel de caimán; negras también las gafas, que más que los ojos del depredador nocturno parecían ocultar timidez; calado el también negrísimo sombrero de ala ancha. Un hortera de cuidado vaya, pero también…….iba a decirlo, pero intentaré explicarlo: Trasplantado al terruño patrio supongo que por ejemplo calzaría madreñas, y luciría fajín rojo y barretina, pero ya sabemos que intervienen más factores en el arte del vestir: No me parece Tony un hortera sureño al uso, jactancioso o inconsciente, sino un hortera huidizo, sereno y solemne; funcional, pues parece protegerse y marcar una efectiva distancia con la ayuda de esos complementos tan ligados a la tierra de la que procede. Claro que los yanquis gozan de la dádiva de que no resulten estrambóticos en exceso sus trajes regionales, ni en su casa ni en ninguna otra parte del mundo, en virtud a la colonización estética a la que vienen sometiendo al resto de dicho mundo. En España como bien sabemos todo lo autóctono es inmediatamente calificado como cutre, hortera ¿por quien? Pues evidentemente por los colonizados, que somos todos. ¿Por qué? Por imposición. Esto me lleva a preguntarme que es entonces un hortera y que es el “mal gusto” si lo que se viene entendiendo por hortera lo definimos personas sin, ya que es impuesto, ningún criterio. Pienso por tanto que el que realmente es un hortera es aquel que va a la moda (sea cual fuere), impuesta y que por tanto no se adapta a sus necesidades, y es que no hay nada de peor gusto que ser un borrego e ir trasquilado. Es decir, se podría ser hortera en España y no serlo en Estados Unidos y viceversa pero para no serlo en ninguno de los dos sitios no se puede ir a la moda, a no ser que la moda coincida con las necesidades reales, autóctonas, cosa que jamás sabremos ya que las necesidades se vienen imponiendo con la moda. Y a poco que se tengan dos dedos de frente entenderemos que la de la moda es una industria que se mueve en función de intereses muy distintos a los de la estricta comodidad del consumidor, pues a pesar de que el propio mundillo de la moda se jacte de tender a la funcionalidad, solo hace falta consultar con un zapatero, de los que fabrican zapatos a mano quiero decir, o con un médico, para saber que la funcionalidad de unas zapatillas deportivas es una falsa funcionalidad pues entorpecen el riego sanguíneo...y no se que más gaitas. Es decir, hemos llegado a un punto en que en los países colonizados nadie es más hortera que nadie, ya que por acción del bombardeo todos somos monumentalmente horteras y quizás los únicos que podrían ser calificados como “no horteras” son, por su condición de originarios colonizadores, esta especie de “lonesome cowboys” desfasados y de cierta edad, siempre que no sean de medianoche, es decir, de ciudad. Tras este tratado de estilo en el vestir, y si alguien ha entendido algo (reconozco que yo no mucho), sigo con Tony que en virtud a dicho tratado y a su trasnochada estética, a la que se le supone una cierta funcionalidad en relación con el lugar en donde vive, dejaría de ser un hortera y pasaría a ser un tío cool, que era la palabra que quería decir desde el principio pero me daba vergüenza no encontrar un equivalente en castellano y que pareciera que la usaba en el repulsivo y vejatorio sentido en que se usa habitualmente.
Igualmente estas son cosas que uno aprecia solo en el cara a cara con las personas, no en las revistas sobre moda, o intuye a través de la obra cuando esta es sincera y la de Tony lo es, ya que la regla de tres no falla e inmediatamente se reconoce la música en la imagen que la persona proyecta, y viceversa; todo encaja, lo que ves es lo que hay, eso es ser elegante, que no cool; en la música de Tony hay un punto de timidez, de austeridad, como si el cantautor no acabara de encontrarse a gusto en público y su voz fuera un quejido angustiado que se agarra a la tierra. La imagen que ves te está contando lo mismo que escuchas. Es la pura expresión libre de un gran artista ¿podría ser una pose resultona aprendida con los años? Podría, pero no, la autenticidad se reconoce en el gesto, en las formas y por supuesto en la música. Evidentemente el público del rock suele tener preferencia por el hortera jactancioso; resulta más atrayente supongo y suele ser más gracioso, más “cool”.
Sentado en silla baja y acompañándose tan solo de un batería se presentó ante una sala casi llena este cantautor eléctrico nacido en 1943. No pasan en balde los años pues se le veía algo mayor. Se movía con cierta, casi imperceptible, dificultad y sus pasos y taconeos acompañando a la guitarra eran extremadamente cuidadosos y graves, pero a la vez meridianamente certeros y con algún arranque volatinero. Sus dedos son como corredores de fondo, sin aspavientos trazan sobre la guitarra un recorrido de controlada fuerza y sobria emoción que a veces se desboca en tormentas eléctricas de distorsión. Es guitarrista finísimo, compositor notabilísimo y posee una voz inconfundible, profunda y emocionante a poco que la fuerce. Es de esas voces aparentemente lineales que no precisan más que un pequeño gesto para emocionar, y digo aparentemente por que realmente usa cantidad de registros sin que uno apenas se de cuenta. Es decir, va construyendo la emoción despacio, soterrada, con paciencia, tal como él mismo es, para acabar retorciéndonos a su antojo con la armónica o con algún arranque de guitarra eléctrica en estado puro. Duende.
Nunca me ha parecido una buena definición para su música eso de Swamp Rock, pues no se si será por la connotación garagera, relaciono lo pantanoso con sonidos más sucios, mientras que los que expele la guitarra de Tony son extremadamente calóricos, sicalípticos, pero para nada sucios.
Como era de esperar dio un buen repasó a unos cuantos de sus clásicos pero eché en falta más temas de “Snakey” que es un disco que he disfrutado mucho desde su aparición. El público estaba compuesto mayoritariamente por viejos roqueros incondicionales, que por supuesto estaban totalmente entregados, no así muchas de sus señoras esposas que estaban entregadas a la cháchara supongo que no encontrándole a Tony la misma gracia en el escenario que en la cama; sabido es que Tony Joe White ha sido utilizado por generaciones como música de fondo para..... No doy ideas, que paradójicamente luego sale la descendencia bakala.
Supongo que si Tony leyera esto me daría de "boinazos" pero ¿que quieren?, así lo vi, así lo cuento.
Fin de semana musical en Ponferrada con motivo del décimo aniversario de la reapertura de ese altar al mal gusto que es el Teatro Bergidum. Solo el trasnochado boato, que por trasnochado resulta austero, del escenario y del patio de butacas son capaces de hacernos olvidar, si el espectáculo acompaña, como será el caso, que estamos en tierras donde la desidia, la horterada y el chanchullo indecente campan a sus anchas de la mano de los apergaminados sicofantas que nos vienen gobernando desde que el mundo es mundo. Desde que es mundo para mi, es decir sin hacer distingo entre las fuerzas políticas democráticas que se vienen alternado en el consistorio local, ya os imaginareis cuales son. Es lo que hay, lo doloroso es que debajo de todo ello hay un ser y un sentir mucho más digno que muere estrangulado cada día bajo el insultante desprecio del cemento y de la cultura de monedero de abuela.
Sea como fuere se abría esta feliz conmemoración, feliz pues previa a la reapertura del Bergidum, que era cine, no existía ningún teatro en la capital berciana, con la actuación del grupo local Sirma. Una agrupación que yo no conocía y que me sorprendió muy gratamente pues desde la Escuela Municipal de Música, enfocan sus esfuerzos a recuperar y reinterpretar la música tradicional sefardí. Lo hacen con una impecable factura que nos consigue transportar a bellos parajes medievales de aquella perdida para siempre España de las tres culturas. Su cantante María José Cordero maneja su voz, a sus músicos y hasta da la sensación que la escenografía con la sabiduría cabalística de una verdadera maestra de ceremonias. De ello dio buena cuenta Amancio Prada, que sin reparar en elogios hacia ella se subió al escenario para realizar dos emocionantes duetos, que además servirían como anticipo del concierto que el cantautor berciano tenía previsto ofrecer al día siguiente en el mismo escenario como culminación del aniversario.
Traía Amancio a su ciudad su último espectáculo; “El cantar tiene sentido: Hasta otro día, Chicho”, un homenaje póstumo a su amigo Chicho Sánchez Ferlosio, cantautor austero, dicharachero y chispeante que solo llegó a grabar un disco en 1978, “A contratiempo”, y hermano del último premio Cervantes Rafael Sánchez Ferlosio. Hijos ambos de Rafael Sánchez Mazas, escritor de cierta talla, no tanta como su hijo, que junto a Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo, el propio José Antonio y otros fue fundador de Falange y creador del “Cara al Sol”, y más recientemente protagonista de la novela histórica de Javier Cercas “Soldados de Salamina”. En cuya adaptación cinematográfica aparece el propio Chicho, casi como epílogo de aquella otra película de 1982, “Hasta que el cuerpo aguante”, que el mayor de los Trueba dedicó a éste, por encima de cantautor, personaje madrileño.
No se completó el aforo, según dicen, debido a que el cantautor berciano se manifestó en su momento, ignoro en que términos, en apoyo de su amigo Ismael Álvarez, el famoso alcalde de uno de los partidos en liza condenado por acoso sexual sobre la edil de su mismo partido Nevenka Fernández. Asunto sobre el cual Juan José Millás escribió todo un folletín, de encargo, para que nos vamos a engañar. Bien, pues este error le ha privado del unánime apoyo popular del que lógicamente gozaba por cercanía y por, claro está, su indiscutible calidad. “Que tendrán que ver los cojones con comer trigo”, que decía mi abuelo.
La voz de Amancio emociona, o al menos a mi; la siento cercana, ya que es voz con acento, prolongación del habla sin temor a ser dicha, tal como brota de la garganta, sin temor a paladear las palabras, a pronunciarlas con vergüenza postmoderna. Palabras que proclaman el aliento de la tierra sagrada con un orgullo del que ha sido privada por los mercaderes del templo. Es como oír cantar a mi madre, y a mi abuela, sabe a nana en noche de invierno con olor a tierra mojada, a lumbre que se extingue, a vino rojo pisado con los pies. Pero en este espectáculo también hay sitio para el otro Amancio; contador de historias, risueño, dicharachero como lo era Chicho, pues ¿que mejor homenaje que reírse con las ocurrencias y disfrutar de las canciones con las que disfrutó el amigo desaparecido tal y como él lo hubiera hecho?. Con ese humor deja Amancio por momentos de lado al cantautor más espiritual de poemas de San Juan, Juan Del Encina o Rosalía para enseñarnos otra parte más crapulosa y generacional que es la que le unía a Chicho y al gran Agustín García Calvo. Convierte en momentos mágicos las habituales de su propio repertorio “Solo de lo negado” y “Adios rios, adios fontes”, esta última interpretada ya como despedida, pues no se podía despedir sin ella, y nos deja a la audiencia traspuesta de emoción, tras haberle cogido un gran cariño a ese personaje que fue Chicho y que con una lograda retroproyección casi tenemos la sensación de tocar. La apasionada voz del de Dehesas consigue ser universal desde lo local y recordando él a Chicho recordamos nosotros a ese amigo, a ese “poeta de su propia vida, cuya mejor obra esta flotando en el aire”, como dijo Stephan Zweig, que casi todos en estos tiempos de paz asesina hemos tenido la desgracia de perder y el pobre consuelo de recordar.
Un muy bonito homenaje por tanto a un amigo, al terminar el concierto ya amigo de todos, que nos deja perlas del humor como; “No hombre no es que yo sepa de todo, solo es que donde los demás tienen lagunas yo tengo islotes”.
Ver en un mismo año a Celibate Rifles, Beasts of Bourbon, New Christs y Radio Birdman, siendo residente en Madrid, era un sueño imposible hace diez años y es un logro de la economía española a día de hoy. Si personalmente compensa o no el vivir en la aldea global lo tendrá que decir cada uno en función de su sueldo y en relación a la altura o estima en que tenga sus sueños. Desgraciadamente, o no, venimos abundamos cada vez más los soñadores de cortos ingresos que compensamos las carencias económicas con el desencanto y la búsqueda de sueños más, digamos, etéreos. Que remedio.
“Can´t stand The Rezillos” podría ser incluido sin problemas en un posible Top 10 de los mejores discos aparecidos a finales de los 70 e imbuidos por el espíritu de la Nueva Ola. Fue este trabajo un artefacto sonoro vivaracho y gamberro, típico de aquella época. Además gozaba de un sonido sobresaliente; bien perfilado, juguetón e imaginativo, que sirvió de sólida base a unas composiciones que, además de buenas, poseían una fuerte personalidad melódica. Un estilo que ha conseguido mantener al “Can´t stand...”, a lo largo de casi tres décadas, como a un trabajo, no se si vigente, pero al menos reconocible. Y es que curiosamente, y a pesar de archiconocido y estéticamente atrayente, no ha sido todo lo influyente que pudiera haber sido, es decir; sería bastante complicado encontrar una banda posterior que, por sonido, de lugar a confusión con los de Edimburgo.
En fin, la idea de poder ver a los Rezillos a priori resultaba seductora. También ver a Fay Fife en persona resultaba atrayente, pues la señora se mantiene de maravilla. Pero ni con este aliciente conseguí conectar. Sinceramente, aun durando una hora escasa y habiendo sonado el “Can´t stand...” casi al completo, el concierto me pareció tremendamente aburrido y es que a pesar de que el sonido del mismo, sin ser demasiado bueno, iba sobrado para conseguir la conexión, aquello no transmitía, no me resultó creíble, me pareció una pantomima por momentos. Y por supuesto no me estoy refiriéndome a la ya de por sí histriónica pantomima que es marca de la casa. Reconozco la dificultad que entraña el tratar de recrear un ambiente, una actitud, que ya no existe, que a lo sumo existe en el público que nunca lo conoció y fabula deseando recrearlo. En cuanto al músico, después de 30 años, parece difícil que se pueda encontrar a gusto imitándose a si mismo, sobre todo cuando la música a interpretar es un producto tan de un momento y unas circunstancias determinadas. Diría que Fay y Eugene lo hacen bastante bien, pero una cierta falta de convicción y ese olor a pescado pasado al que se vino a unir un cansancio acumulado que, según apuntaba uno de los organizadores, acusaban, se notó en exceso. Puede llegar uno a pasárselo muy bien, pero nunca puede darse así un gran concierto.
No se. Quizás era yo el que esperaba más y fabulo con lo que pudo haber sido y realmente nunca fue. Igualmente, siempre hay un roto para un descosido pues el público estuvo muy animado. La banda no recurrió a ningún tema de los Revillos, así que la gente no paró de corear y bailar unos temas que por méritos propios forman ya parte de la memoria colectiva de la música pop, y que tan solo fueron aderezados por alguna composición nueva, y menor.
Es curioso observar las reacciones de la gente ante la noticia de la muerte de un mito. Syd Barrett era, sin duda, uno de los grandes mitos del rock´n´roll y a pesar de que casi todos tuviéramos en el subconsciente la idea de que había muerto años atrás, o quizás por ello, su muerte no ha dejado de impactarnos. Es decir; ha causado a la comunidad roquera mucha mayor impresión que por ejemplo la noticia de las muerte de John Entwistle o Ronnie Lane, claro está que tampoco ha llegado a causar la conmoción de mitos tan explícitamente vigentes como Joey Ramone o Joe Strummer. Si, Syd estaba olvidado pero era, es, de alguna manera, también un mito vigente. Lo poco que hizo solo se puede tildar de genial y después…..casi cuarenta años de silencio, los suficientes como para olvidar a cualquiera, pero, es que Syd es un curioso mito, ya que no lo es por lo que hizo, sino por lo que no hizo.
Lo tenía todo a nuestros ojos y todo lo perdió, a nuestros ojos también. Parece probado que debido a trastornos mentales, pero ¿Es posible vivir cuarenta años en el abismo?¿Es que nunca tuvo una época en la que se encontrará mejor? ¿Es que tuvo en algún momento el anhelo de recuperar la gloria? ¿Qué pasaba por su cabeza cuando veía en la televisión a Pink Floyd en 1989 en Berlín? Incógnitas, pero se podría llegar a pensar que, más que una enfermedad, lo de Barrett fuera una negativa. Una negativa como la de Bartleby el escribiente; “Preferiría no hacerlo”. Y creo que es esa negativa la que realmente nos da vértigo y la que construye el mito. Y el misterio.
Creo que este aforismo es de Josep Pla: “El hombre inteligente a nada encuentra sentido, el hombre sensato a todo”.
Descansa en paz, Syd Barrett.
Ayer pillé al vuelo una filosa declaración de Xoel (Deluxe) en IPOP. Decía algo así: "Me siento más cerca de Julieta Venegas que de gente como Franz Ferdinand, que no dejan de ser un producto...", de mercado, se entiende.
Resulta reconfortante ver en directo a una banda engrasada y con las cosas claras, sobre todo con las cosas claras que es lo que no abunda. Lo de Dr. Feelgood no es un regreso es un concepto, un concepto que nació a principios de los setenta y que quizá nos sobreviva a todos, una banda de música popular que recoge la tradición del r&b británico de la misma manera que Los Panchos recogen la tradición de la canción iberoamericana, recordemos que los mejicanos llevan en activo desde mediados de los cuarenta, que se dice pronto.
A los Feelgood les vi por primera vez, con dieciséis años en Ponferrada, con Lee Brilleaux. Creo que fue el segundo concierto de rock´n´roll de mi vida y ni que decir tiene que fue un concierto iniciático.
Les volví a ver en la sala Bikini de Barcelona hace unos ocho años. Sin esperarlo, pues ya había muerto Lee y el pub rock no me interesaba tanto como en otros tiempos, dieron otro conciertazo y me pareció que la esencia de aquello que había visto en la adolescencia estaba todavía allí.
El mes pasado actuaron en el Moby Dick.....y aquello sigue ahí, sin duda.
Ver a los Feelgood es un bautismo de fuego; su música es pura, su concepto claro, su sonido fiestero sin ser esperpéntico (error generalizado), su actitud autentica, su convicción arrebatadora…… Cuantos complejos y amaneramientos acumulados con los años se le quitan a uno de golpe......Dr. Feelgood es lo que es, independientemente de quien este en la banda y por supuesto independientemente de lo que marque el barómetro de las modas.
También me agradó especialmente el público, que me retrotrajo a aquellos años en los que el rock´n´roll era el rock´n´roll y no podía ser de otra manera por que era la única posibilidad de fuga convincente, decente. En aquellos tiempos las matizaciones se dejaban para salida del concierto.
Y a la salida me decía, muy acertadamente, Pablo, que el concierto había sido lo contrario a lo visto unas semanas antes con los
Buzzcocks. Los de Manchester resultaban viejos por querer desesperadamente ser jóvenes, los londinenses eternamente jóvenes por haber sido siempre viejos.
No lo dudes, si no encuentras la salida, llama al Doctor.
Me había gustado mucho su segundo trabajo en solitario, "Each day a lie", pero ver a Ainara en directo ha sido una de las experiencias más intensas que he tenido la oportunidad de presenciar en los últimos tiempos sobre esa hoguera de las vanidades que son los escenarios. Colosal, que viene de coloso. La artista, y me atrevo a llamarle artista sin rubor, demostró en todo momento un sorprendente control sobre cada aspecto de la actuación, apelando solamente a un recurso; su presencia en el escenario. Desde el primer momento consiguió el silencio absoluto de un respetable que, bien es cierto, venía para verla a ella, pero alguno que había venido muy poco convencido, me decía un tanto transpuesto tras la actuación; “Joder, no he movido un músculo desde que ha empezado”.
Apenas voy ya a conciertos, pues suelen ser lugar muy adecuado para desatar mis peores “artes” crapulescas, y pésimo para disfrutar de la música, que al final es lo que importa ¿O no?
En fin, da igual, el caso es que hace un par de fines de semana me dió por ir a tres. Los tres notables, cada uno dentro de su estilo,
No se muy bien que es lo que esperaba, pero esperaba más. Era la primera vez que veía a los Buzzcocks en directo y aunque sabía que en todas sus reencarnaciones, desde principios de los 90, continuaban reivindicando la frescura de su mejor época, la del 77, quizás esperaba algo más de ellos. Es decir, esperaba evolución, tratándose como se trata de una banda que siempre mantuvo en su horizonte un cierto gusto por la experimentación, certificada por la extrañeza y volubilidad de algunas de sus legendarias piezas y por Pete Shelley en sus álbumes en solitario.
El otro día hablábamos en las oficinas de Popmadrid sobre lo bien que habían sabido envejecer Wire, y quizás yo esperaba de los Buzzcocks algo parecido, aunque está claro que la vocación experimental de Wire siempre ha sido mucho mayor.
Los de Manchester, es la sensación que me causaron, se han quedado en una mera reinterpretación de sus viejos temas apoyándose en unos nuevos temas, que yo no había escuchado anteriormente y que no tienen, claro, la frescura de aquellas maravillas de orfebrería punk de las que venían cargados sus discos de los 70´s. Es como montar en monopatín cuando el cuerpo está a lo sumo para bicicleta.

Pero quien tuvo, algo retuvo y prescindiendo de estas apreciaciones un tanto negativas debo decir que por otro lado el concierto fue notable ya que el sonido Buzzcocks estaba más que logrado; las voces de Shelley y Diggle mantienen la potencia y las ganas. La característica electricidad estroboscópica de sus guitarras también me pareció bastante lograda y el difícil equilibrio melódico de los nerviosos cambios de ritmo que dan forma a sus temas más memorables, tan influyentes hoy en día, consiguieron transmitir entusiasmo, apoyándose en la gran simpatía personal que despliegan, a una audiencia que en la abarrotada sala El Sol se mostró en algún momento cercana a la algarabía.
Eso si, yo paso pagina.
Fotos: Nacho Ballesteros
Recopilo algunas opiniones de Luis Buñuel sobre música:
“De joven, toqué el violín, y más tarde, en París, rasgueé el banjo. Me han gustado Beethoven, César Frank, Schumann, Debussy y muchos otros.”
A pesar de que las grabaciones de Los Enemigos no parecen haber envejecido demasiado bien, muchos de sus temas tenían, y tienen, una calidad indiscutible.
| Próximos conciertos | ||
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| Hoy | Loreena McKennitt | Barcelona |
| Hoy | Bruce Springsteen | Barcelona |
| Hoy | Motorhead | Barakaldo |
| Mañana | Johnny Winter | Barcelona |
| 23/Jul/08 | Gudrun Gut + Chica and The Folder | Sevilla |
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