Bueno, pues otro que se va. O que le echan. Vaya usted a saber. Me acabo de enterar.
Jose María Rey echa el cierre a Bulevar después de un montón de años. Desconozco cúantos. Pero jode. Incluso a alguien como yo, para quien la radio nunca ha sido vital. Pero jode porque se va un programa que a servidor le gustaba, porque dejaremos de escuchar a un tipo que parecía disfrutar con la música que pinchaba. No voy a decir aquello de "se va uno de los pocos honrados que había en esto", porque ni le conocía, ni sabía nada de su vida. Sólo sé que para mí era uno de los escasos (a lo sumo, ¿dos? ¿tres?) hombres de la radio que tenían credibilidad. O al menos yo se la daba.
Por eso, porque espero que Chema vuelva algún día a emocionarme con la música que seguramente también a él le emocionaba, que deje la puerta abierta. Nunca se sabe.
Por fin Starter ve publicado su disco bautismal, “Through the morning sky". El debut de este cuarteto madrileño llevaba varios meses esperando ver la luz.

Ha sido Wild Thing Records quien ha tenido que ver lo mucho y lo bueno de estos chicos. Grabado en el Puerto de Santa María por el omnipresente Paco Loco, Starter ofrece canciones que recuerdan a Teenage Fanclub, a Chris Bell, a Jet Lag, a Matthew Sweet, a Wilco…, en definitiva, a lo mejor de cada casa.
Con un tema, All right (qué bonita puede llegar a ser la música), por bandera, han juntado buen gusto con saber hacer y ponen sobre la mesa un inicio que promete llevarles más allá de la salida.
Un trago (y malo) es lo que tiene que pasar alguien cuando sale al escenario antes de comenzar un concierto y pide al público cuarentañero que si pueden, ya que la voz del cantante no está muy bien, no fumen y que, por tratarse de un bolo acústico, procuren no hablar muy alto. Bien. Imaginaos la respuesta del respetable. Esto fue lo que pasó el otro día en el concierto de The Church en Madrid.
Antiguamente, este tipo de peticiones por parte del artista me crispaban bastante, pero ahora me parecen estupendas. Además, creo que cuando uno va a ver el concierto de algún grupo/solista/lo que sea, acude porque le gusta su música, y en ello va cierto grado de respeto hacia el artista. Por eso, porque le respetas, pues si pide por favor que no se fume y que no se hable muy alto pues vas y te aguantas un rato.
El otro día, lo de hablar, sin comentarios. Una parte no es que hablara (que, como es obvio, no pasa nada si se habla un rato), es que algunos ¡berreaban! Realmente hay que ser gilipollas profundo para pagar 17 euros por un concierto y estar todo el tiempo dándole a la húmeda con tu colega.
Respecto a lo de fumar, pues nada. Poco que añadir: yo no sé a qué tanto miramiento y tanto pedir por favor que no fumen. Si con decir, "a ver, vosotros, si queréis fumar os vais a las zonas habilitadas. Si no, que os den" se arreglaba todo. Sólo espero que la caída de trozos de pulmón empiece a ser frecuente enntre la parroquia musical y que se aligeren los humos de muchos.
PD: sí, The Church también dieron un concierto, pero es que la crónica seguramente la habrán hecho ya en Área Reservada, que es dónde debería encontrar su hueco.
De moda están las Charades, como cantaban los radicales libres del grupo afincado en Madrid. De moda están sus canciones, de moda sus directos. Yo, que ni soy radical, y mucho menos libre, creo que el directo de Charades es fresco y divertido (por favor, no con la misma acepción que podrían tener estos palabros en La Casa Azul). Y contundente. Mi cultura musical no es demasiado vasta, y por eso no puedo citar a grupos raros para referenciar a Charades. Pero así, de primeras, me vienen a la mente algunos temas de Donnas, algo de Pandoras, o pasajes de los Muffs. Lo sé, no soy original. Es mi destino.
¿Qué podemos decir a estas alturas de Hendrik Roever? Pues bien poco para el que lo conozca. Y de todo para el novato. De todo y bueno, muy bueno.
Sería una triste noticia que Nosoträsh se tomaran vacaciones de sí mismas y perdieran la buena forma en la que se encuentran ahora. Son más de diez años haciendo discos mágicos, entrañables, dadaístas e incluso emocionantes. Desde ‘Nadie hablará de...’, hasta el reciente ‘Cierra la puerta al salir’ pasando por ‘Mi vida en un fin de semana’ o ‘Popemas’, una década de duro trabajo que ahora las trae adultas, profundas e irresistibles.
En mi opinión, una de las asignaturas pendientes de las gijonesas siempre fueron los directos. A veces dubitativas, otras, algo inconexas, Natalia y demás compañeras de viaje no parecían encontrar la fórmula para transmitir la ‘grandeur’ de sus canciones. Hace tiempo que ese punto timorato lo dejaron aparcado. Unos meses antes, en El Sol, en fiesta patrocinada por Pop Madrid, ya dejaban ver sus intenciones: una actuación simpática y familiar, con algunos altibajos pero con la seguridad de alguien que se sabe cómoda sobre un escenario. El otro día en Moby Dick, la dorsal de Nosoträsh, Natalia, Bea y Cova, con el “chiquito” Vegas ausente por bolo con Manta Ray, y con la ayuda de la otrora ‘nosoträsh’ Malela(en Garzón y Le Mot, interesante proyecto con el que teloneó esa misma noche) y de la garajera Mar (Pauline en la Playa), el concierto de la sala madrileña fue el mejor que un servidor ha vivido hasta la fecha de las asturianas. Empezaron con ‘Sintasol’ y los temas se alternaron con las ocurrencias de las buenas mozas, jam session incluída de ‘Margarita se llama mi amor’.
A favor de Nosoträsh hay que decir que se versionean a ellas mismas, que no se limitan a repetir los cortes de sus grabaciones. Oyes las canciones y sí, te recuerdan a sus discos, pero aportan en vivo la gracia de ponerles otro disfraz. Es de agradecer. Nosoträsh llevan más de dos lustros en este negocio y parece que es ahora cuando consiguen una victoria largamente trabajada.
The Covers, Elephant Band, Deluxe, Lovely Luna, Deluxe… A estas alturas, supongo que no habrá que explicar, en cierto mundillo, quién es Xoel. Y si hay que explicarlo, imagino que éste no es lugar para hacerlo. Más que nada porque no pretende ser un blog pedagógico, ni doctrinal, ni nada por el estilo.
Xoel, como creo que la mayor parte de los artistas, no tendría que dar explicaciones a cosas como que si ha cambiado de estilo, que cuál es la razón de que ahora cante en castellano, que si se siente más cerca del mainstream que de sus inicios, etc. Eso, y cada vez estoy más convencido, son cosas que sólo importan a los periodistas (por llamarles algo) musicales. Aunque servidor, en más de una ocasión, caiga en ese juego de querer/tener que saber cosas al margen de la música, considero que precisamene esto, la música, es lo que ha de prevalecer. Al hablar de Xoel quizás no sea objetivo. Pero tampoco lo pretendo. Es más, me horrorizaría serlo.
Xoel es alguien a quien sólo conozco de vista, pero nada más. Ni es mi amigo, ni conozco al que le lleva el sonido, ni he hablado nunca con su pipa, ni nada de nada. A pesar de todo esto, Xoel es alguien que siempre me ha caído muy bien. ¿Qué digo bien? De puta madre. Por eso me alegro de que le vaya bien. Me encanta que en un concierto suyo, entre semana, las entradas estén agotadas, que gente que mañana podría ir a ver Fran Perea, esté viendo hoy a Deluxe, saltando y cantando sus canciones, que cientos de personas (hacia tiempo que no veía este fenómeno fan), tarareen sus estribillos, que haya gente que le mire como un fuera de serie, etc. Para mí, más que un fuera de serie es un tío con las ideas bien claras. Alguien que hace lo que le gusta, que se gana la vida con ello y que alegra el día a un montón de gente (petardas incluídas).
Más de hora y media viviendo sus canciones nuevas, en castellano, y algunas, algo más antiguas, en inglés; tirándose entre el público y calentando el ambiente; explicando, tras perder el hilo de una canción ante un grito masculino de ‘guapo’, lo que es el AOR; demostrando que, a pesar de ser gallego, tiene un fino sentido del humor (y creo saber de lo que hablo); ganándose a la parroquia con un fragmento de la irlandesa “With or without you”; emocionando a los mayores con una versión de “Perlas ensangrentadas”; destapando su vena de cantautor eléctrico y acústico (¡y vaya vena!); acompañándose de una banda de ‘chapeau’ (grande Loza. ¿Me cansaré algún día de verle tocar la batería?) que ojalá fuera su banda definitiva…
El Sol reunía el pasado viernes, por la irrisoria cantidad de tres euros, a dos bandas orientales con sede en los aledaños del Dos de Mayo. Las triadas, representadas por Tres Delicias, y la Yakuza, que en esta ocasión enviaron a Harakiris, se vieron las caras en una cita de delincuencias sonoras.
Tres Delicias son tres: dos guitarras y un batera con caja y timbal, supliendo éste el ritmo del bajo, que desgañitaron durante cerca de treinta minutos su compendio de eso que las huestes llaman punk blues. Como si de un Jon Spencer instrumental se tratara el trío dio salida a una sucesión de canciones que puede que no gusten a algunos por su ejecución o por la voz de los cantantes, pero que sorprenden por la propuesta, poco vista por aquí.
Sin trampa ni cartón, Tres Delicias no pretenden engañar a nadie diciendo lo maravillosos que son, lo bien que tocan o la grandeza que desprenden sus voces. Son simplemente tres amigos a los que les gusta tocar, sin más. Espíritu punk: do it yourself y al que no le guste, que se joda.
Por su parte, Harakiris jugaban en casa: con el inefable Carlos del Amo (ex Nitros, Balboa) a la guitarra, esta gente (trío también) derrumbó ciertos tópicos de la música surf e instrumental y dio un recital de algo que podría denominarse hard surf. A ello colaboraban el sonido brutal del bajo (a ver quién era el guapo que le decía a Willy, técnico habitual del Sol, que se bajara un poquito) y la ocurrencia de Del Amo de tocar casi todo el concierto con una Gibson Flying (una flecha, vamos), con un sonido de guitarra más cercano a Van Halen o a Def Leppard, que a Ventures o The Shadows. Con todo, también por el sonido conseguido, nada clásico para el surf, Harakiris gustaron a algunos y a bastantes.
Llegan las Navidades y de todos es sabido que algunos artículos de lujo se disparan como la espuma (las siempre recurrentes pero nunca degustadas angulas). Pero no sólo los artículos más exquisitos alcanzan precios imposibles.
Antaño, qué emocionante aventura suponía ir a comprar una entrada para ver a tu grupo favorito. Te cogías el autobús en tu barrio, picabas el bonobús (tan alargado que no te cabía en la cartera), veías por la ventanilla unos sitios que, hasta entonces, desconocías que existieran y, finalmente, bajabas en la parada que te correspondía. Llegabas a la tienda de discos y le decías al dependiente: “Me dé dos entradas para Black Sabbath” (por poner un ejemplo). Y te ibas tan contento, sobre todo, teniendo en cuenta que, al comprar la entrada un mes y medio antes, sólo te costaba 800 pesetas. ¡Qué tontos aquéllos que esperaban al día del concierto y pagaban 1.000 por lo mismo! ¡La de cervezas que te ibas a tomar con esas 200 pelas! Además, el tipo de la tienda se ponía la mar de contento porque, ya que ibas a comprar la entrada, a lo mejor te pillabas el último disco de Ozzy Osbourne (por seguir poniendo ejemplos). Vale, es verdad que todavía quedan minúsculos reductos donde esto todavía es posible, pero, amigos, la realidad acabará siendo otra.
Ahora, todo se hace por Internet (sí, además de follar por la Red, también se compran entradas). Los organizadores de bolos se han vendido al capital (ése en el que a todos nos gustaría caer rendidos) y hacen negocio en donde, en principio, no debería haberlo.
Reciben una pasta de determinadas entidades y ya se encargan éstos de vacilar al personal con ese eufemismo llamado gastos de distribución. ¿Que tiene gastos tener un puto ordenador, una asquerosa impresora, un rollo de papel, una ubicación para vender las entradas…? No me jodas, que me incomodas. ¿Y qué fue de esas entradas, diseñadas con tanto cariño, obras de arte en muchas ocasiones? Yo asumo que esta gente querrá cobrar por ese servicio de venta anticipada de entradas, pero lo que no quiero es que me engañen. Unos y otros.
No quiero ver un cartel de un concierto o una información en un periódico que me diga ‘Entrada: 18 euros’, y cuando llego a comprar la entrada me cobren 20,40 euros. “Los 2,40 de más son por gastos de distribución”. Prefiero que sean claros y que me pidan 20,40 por la entrada. Que luego organizador y puntos de venta hagan sus cuentas, pero que no nos vacilen. Es muy fuerte, teniendo en cuenta que ha habido conciertos en los que los gastos de distribución se han acercado a los 5 euros. Encima, se da la paradoja de que, en muchas ocasiones, te pillas la entrada por Internet, te la sacas en un cajero de mierda de esos (porque te gusta tener la entrada físicamente), y llega un amigo tuyo, la compra el día del concierto y le cuesta menos. ¡Tócate los cojones! (si eres chica, esto no lo hagas).
Como siempre, la única ley del mercado, que no es la de la oferta y la demanda, sino la de “es lo que hay; si no, te jodes”, se acabará imponiendo y nosotros, resignándonos; unos, cristianamente, otros, hasta la polla, que queda mucho más fino.
PD: sí, soy heavy. Lo habéis adivinado.
No. En esta ocasión no vamos a hablar de Sweet Apple Pie, de la Chocolate Watch Band o de los catalanes Biscuit y su tan esperado nuevo disco. Ni siquiera este espacio es para álbumes como American Cheese, de Nerf Herder, o para canciones de la talla de Holy Guacamole, de los Surfin’ Lungs. No. Nada de eso.

Lo de esta pareja para con un servidor no tiene explicación. No es la música que más me apasiona, no es un formato, el acústico, por el que lo deje todo. Ni siquiera sus canciones son redondas, como entiendo yo una canción redonda.
Si hace unos días Fuenlabrada nos dejaba una visión apocalíptica tanto a nivel organizativo como musical, este fin de semana, en Villaverde Bajo (Madrid), surgía el reencuentro con ciertos placeres sonoros. Durante dos días ha tenido lugar, de manera gratuita, el festival Indyspensable, donde en la variedad ha estado el gusto.

Este resultado de parqué y balón naranja lo firmo yo sin haber presenciado el juego del conjunto catalán. Porque el desplegado por el equipo madrileño deja mucho que desear.
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