…y yo sin enterarme.
Hace un par de días recibía en mi móvil un mensaje un tanto inquietante. Bueno, sospecho que exagero. Exactamente, no se puede afirmar que se tratase de un “mensaje inquietante”. Ni se me instaba a acudir a algún lugar concreto para protestar por la desaparición de la foca monje, ni me aconsejaba mandarlo a 330 contactos de mi agenda si no quería convertirme en la cantante calva de Ionesco en menos de 24 horas. El comentario, inocente a todas luces, farfullaba algo así como “estoy en Bilbao de conciertos, ¿andas por aquí?”. Mi triste respuesta fue que no. Que ni estaba y que ni se me esperaba.
A menos de una hora de la pregunta -y de su debida contestación-, otro pitido comunicaba la llegada de un nuevo sms: “oye, estamos viendo a Belle & Sebastian, ¿por dónde andas?”. Mi respuesta: “En casa”.
Ayer, un amiguete me comunicaba que los Pastiche Sound –colectivo al que pertenece- amenizarán la noche del jueves en el FIB. A día de hoy, yo me pregunto qué fue de aquella persona que acudía a festivales. Aún no tengo muy claro que es lo que me echa para atrás: el calor, la multitud, la reducción de mi capacidad para no dormir en cuatro días, los 50 minutos de actuación que te pueden saber a todo y a nada… Ante el miedo –y riesgo- de convertirme en una persona acomodada me he lanzado de cabeza a buscar alguna cita ineludible estival que me permita seguir creyendo en la magia de estos certámenes entendidos como baño de masas. Lo más atractivo que he encontrado –si Redd Kross se caen de donde NO se deben caer- es el Festival Folclórico Internacional Villa de Xixón.
Si alguien piensa que me pierdo algo más, por favor, que tenga la amabilidad de avisar, que aún estoy a tiempo de cambiar de parecer. O quizá no.
