Mientras intentaba encontrar el vestido perfecto para un convite el pasado sábado, me di cuenta de una cosa: en todas las ciudades existen fronteras que no vienen señaladas en ningún callejero. Cuando me disponía a cruzar el paso de cebra de Recoletos a la altura de la Biblioteca Nacional, el cambio se hizo aún más evidente. En Madrid sabes exactamente dónde te vas a encontrar con alguien que vista una camiseta de Judas Priest o lleve chapas en su cazadora, y donde no. Es como una línea que marca un territorio. Tangible, sutil, que no puede ser atravesada. Es esa gran barrera que hace que te pienses dos veces sentarte a la mesa en Navidad luciendo el logo de Bad Religion en el pecho. Será un convencionalismo pero existe, y respetarlo, al igual que no defraudar a Hacienda y no quemar los montes, es tarea de todos.
Siempre me he preguntado que significa llevar una camiseta de Neu!, de los Ramones o de Alejandro Sanz. ¿Es lo mismo que llevar ropa de marca? ¿O quieres decirme algo y aún no me he enterado? ¿Qué tipo de mensaje estás emitiendo? ¿Es el mismo que cuando te suena la melodía del móvil y la gente aplaude o echa por tierra tu elección? ¿Te sientes más a gusto? ¿Si llevas a Metallica es para que las viejecitas no te pregunten la hora? ¿Y si llevas a Teenage Fanclub demuestras que eres una persona que se emociona al ver una puesta de sol?
Hace tiempo –con honrosas excepciones y sin contar chapas y parches varios- que decidí dejar de llevar ropa con imagotipos, logotipos o emblemas de grupos… me daban demasiado dolor de cabeza. Aunque, ¡quién sabe!, presiento que en próximas temporadas, Imperio Amancio -Inditex para los amigos- se asegurará de que todos podemos llevar los morritos de Jagger hasta en la ropa interior.
