Me ponen nerviosa las colas para entrar a los conciertos, que éstos se retrasen más de los 15 minutos de rigor, y no digamos si en el último momento se me ponen delante Marifé y su novio Francisco, ambos jugadores profesionales de la NBA… Entonces, empiezo a resoplar, pataleo nerviosa y se me queda cara de pánfila con una sonrisa entrecortada… porque ¡a ver quién le dice nada a Marifé! Yo tengo una amiga, muy chiquitita, que se defiende a base de “codazos estratégicos y amplias sonrisas”. Sinceramente, nunca lo he intentado, presiento que al primer codazo ya estaría muerta del susto.
Haciendo ejercicio de memoria, a lo largo de este año han acaecido en mi tiempo de ocio musical (inciso: ¿cómo se denomina el tiempo que destinas a ir a conciertos?) una serie de acontecimientos que han puesto a prueba el temple de mis nervios. Redunda decir que los resultados deben ser calificados como catastróficos si se tiene en cuenta que mi capacidad de aguante es igual a 0.
Si tuviese que hacer un ranking de este tipo de situaciones, quedaría así. La medalla de oro se la llevaría, sin lugar a dudas, el concierto de los constructivistas llenapistas Franz Ferdinand. La presión a la que nos vimos sometidos casi me provoca un espasmo que puede ser aducido a dos razones: primera que la temperatura del recinto estaba próxima al punto de ebullición y segunda que, con una rapidez digna de reseñar, el grupo de cuatro amigos que asistíamos al concierto nos vimos disgregados al engullirnos la multitud al primer bote colectivo.
La medalla de plata sería compartida entre la última edición del Primavera Sound y los chicos de Dave Gahan. El fétido olor que desprendía el Fórum barcelonés provocaba arcadas al respetable. Con lo que cuesta la entrada bien podían regalar una mascarilla-ambientadora (¿existen?) con cada abono. Por su parte, en el macroconcierto de Depeche Mode terminé con un baño de cerveza de la cabeza a los pies. La disculpa que me proporcionó el amable muchacho que consideró que la Mahou es un excelente hidratante capilar fue algo así como “te jodes”. Al pan, pan y al vino, vino.
Cerraría la clasificación la locura de los Artic Monkeys. ¿Cuánto miden los adolescentes de hoy en día? ¡No vislumbré al cantante en ningún momento de la actuación! De hecho, creo que sólo tuve visión de uno de los componentes, que para más inri, ya no está en la banda.
Llevo un rato pensando en incluir o no a La Casa Azul. Finalmente, he decidido que no, a pesar de que casi alucino cuando una hora antes de empezar el concierto la fila para ver al gran Guille subía implacable por Montera en dirección a Gran Vía… No obstante, pienso que los empujones y las canciones chilladas al oído no cuentan. Estoy segura de que en este caso vienen incluidas en la entrada.
