El Mundo según… Un título más que apropiado para el nuevo trabajo del sin par Antonio Luque, artista pop singular, de idiosincrasia rematadamente propia, de opiniones y fórmulas expresivas bien suyas, de voz única e inimitable; te guste o no la obra de Sr. Chinarro, hay que reconocer que no hay nadie como él haciendo música en este país, y sólo por eso, en el eterno contexto de reproducción mimética de modos, usos e imaginarios sajones en el pop español, la existencia (va para quince años lo suyo) de una “rara avis” como Sr. Chinarro se nos antoja fuente constante de alegría y –casi- devoción.
Abandonó la nave de Acuarela para acudir a la llamada del Ejército Rojo, pero eso de trabajar rodeado de amigos parece no haber dado los resultados que un tipo como Luque, cada día más lejos de la dejadez de sus primeros tiempos (aquellos conciertos deslavazados, aquel sonido arrastrado, tirado, de su primera época “belmonte”), perfeccionista a su manera, desea para su música.
“¿Le preguntarías a un puñado de arroz por qué es La Fallera y no SOS?¿O te dedicarías a medir bien el agua para cocerlo? Lo importante es que el arroz llegue a tu cocina en un bonito paquete (el porcentaje de granos rotos es también importante; la calidad -¡eso es lo mío!-)”. Así contestaba Luque recientemente a un fan que le preguntaba por el porqué de su último cambio de sello.
Su nuevo trabajo llega con la etiqueta Mushroom Pillow, y la cosa entra bien desde el mismo diseño de portada.
Las constantes vitales siguen siendo las mismas que en anteriores obras, pero algo ha cambiado en las formas de unas canciones que, sin renunciar a ese lenguaje que les es propio, son más directas, más naturales, más lúcidas a la vez que más fácilmente inteligibles. Ya no hay que forzar referencias, retorcer las frases en busca de caprichosas piruetas verbales o significaciones demasiado privadas.
“Y si la corriente es fuerte y nada tiene vuelta atrás. (…) La lírica no ha terminado tampoco… la verdad es que me da igual”, entona en la inmediata Esplendor en la hierba.
Se respira cierta melancolía y desencanto muy propios de la naturaleza de Luque y del “mundo Chinarro”, pero el disco suena colorista, brillante, ordenado y adornado con tino y mesura; es el Sr. Chinarro de siempre pero con secretaria: mejor organizado, con capacidad de planificación y paciencia para el arreglo y el detalle, cada vez mejor pintado.
Las guitarras cristalinas y las cuerdas dirigen la memoria visual de un paseo por una ciudad llena de pintadas en la costumbrista La Decoración:
“Una nube de humo negro cubre mi paisaje. Chimeneas de hace más de un siglo, más de dos. Están en el Paseo de Poniente. Los más ágiles pintaron tonterías escalando por amor. Ahí está la decoración, en cualquier rincón, entre nubes de humo negro y derruidos, como un cromo que estuviese repetido”.
La primera sorpresa llega con acento andaluz en una suerte de sevillana-pop de brillante estribillo como Del Montón (“Pudo ser un amor del montón, pero todo el montón era mío. Pudo ser, pero nunca fue nada, y en nada se queda el montón”); el deje de la tierra se repite en la “trianera” Gitana (“Dame romero gitana, tu dame albahaca. No enseñes mis cartas. Tu dame la suerte y préndeles fuego a mi alrededor”).
Quien acusara a Sr. Chinarro en el pasado de oscuros, enrevesados y crípticos que escuche el inicio de Ni lo sé ni me importa (“Y si quieres venir, vente sin avisar, a comer, te será familiar (…) Me preguntas si como yo son los demás. Ni lo sé, ni lo quiero pensar”); podría formar parte, si me apuran, por su sencillez, por la cadencia del fraseo, por el ritmo, del primer álbum de Le Mans.
La resignación ante la rutina se apodera de No Dispares (“No te enfades, ya se sabe qué se puede hacer aquí… Unas risas y a dormir. Y la paz que molestaba, y te quedaste roja y muda y venga jipis… ji ji ji”); la picaresca romántica que guía la suerte de una noche de conquista en el El mar de la tranquilidad (“Ven conmigo a mi casa, la noche da miedo. Es la boca de un lobo y luna nueva. ¿No lo ves?. (..) Ya te tengo en medio de la habitación. Parece un sueño. Te doy el pellizco yo. Van hacia el techo burbujas de vinos que no son de la tierra. Tu y yo en el mar de la tranquilidad, y otra vez a brindar que me gusta a mí estar en el mar de la tranquilidad, junto a ti. Llega la luz del día tan rápidamente. Es un cuadro espantoso de palomas de la paz….”) da paso a la aparentemente anodina descripción de un mal despertar (“Todo hoy se va a volver contra mí. Creo que me levanto siempre con el pie izquierdo. Un zapato ha ido solo a parar al mismísimo centro de la cama, debajo; y la leche está hirviendo; se quemó la tostada”) que acaba sin embargo revelándose como todo un ejercicio de afirmación de la diferencia, de disidencia contra la resignación ante el orden implacable del mundo, de elogio de la pereza y ensalzamiento de los pequeños placeres de la vida que cada uno inventa (“Para qué tanta prisa. Para qué la corbata. Todo por la comida, todo por una cama (…) Yo no soy militar, y en cualquier desfile mi paso cambiado siempre irá (…) Hoy he preferido tomar el sol. Cualquier cosa que diga se utiliza en mi contra. Se me juzgará como un desertor. Y es que mi lucha es otra. Es que mi lucha es otra. Es la que yo me invento. Y que a nadie interesa. En ella solo habrá un muerto. Pero pido clemencia. Y me siento en el parque, más o menos tranquilo. Viviré un día más”).
Los puntos suspensivos del título parecen invitar al oyente, a cada uno, a interpretar, a usar las canciones como vehículo de abstracción para la ideación de una cosmogonía propia. El Mundo Según… Sr. Chinarro es una invitación, en forma de disco brillante, luminoso y sincero, a la afirmación de nuestro mundo propio.
Lejos de cualquier otra propuesta, El Mundo según… es otra prueba, otro capítulo, del incuestionable genio lírico y musical de Antonio Luque.
Que escuche quien quiera. El seguirá hablando de lo suyo a sabiendas de que vivimos en un país de sordos.









