Últimamente ando peleado con el pop, con el powerpop, con el rockypop. Doy algunos ejemplos. Vienen Red Kross a tocar a Madrid, reviso Third Eye, su supuesta obra maestra (al menos en allmusic.com viene marcada con un tag en forma de "v" minúscula y manca que indica "album pick", y yo soy alguien sumamente influenciable y permeable al influjo de las listas) y me deja frío. Un viernes tocan Bubblegum y Feedbacks, con amistades implicadas en al menos uno de los grupos, y se me hace tan cuesta arriba ir que me recuerda una de esas ocasiones en las que tengo que acudir al hospital a conocer unívocamente al hijo recién nacido de algún buen amigo. Me cuesta tanto tanto ir al concierto que al final no voy, y no porque no me apetezca salir de casa; de hecho termino en una Vaca Argentina zampándome unas empanadas y hablando de hipotecas de interés reversible e increíbles clases de natación para seres preinfantes. Como estoy inmerso en lo que podría denominarse una mudanza interna, he metido todos mis cd's en cajas de cartón con vistas a reordenarlos cuando llegue y esté montada mi flamante nueva estantería. Gran parte de los discos que han ido a parar a lo más hondo de unas caja que en su día contuvo 50 cartones de Fortuna no volverán a ver la luz del día, y esto supone una condena que le pondría los pelos de punta (si es viable) a más de un blogger o lector de Popmadrid.
Este comportamiento es cíclico, y aunque puede ser indicativo de que simplemente no me vuelve loco una melodía pegadiza y una voz aterciopelada rasgando una guitarra, lo cierto es que simplemente es un síntoma más de una falta de identidad casi perenne. A lo largo de mi vida he pasado por todos los estilos musicales que han tocado mis orejas, y en un momento dado conseguí tener todos los discos de Iron Maiden publicados hasta 1986 y escucharlos con deleite varias veces al día. No me dejé melena a capas y me enfundé pantalones de pitillo porque a) ya sabía que sería una manía pasajera y b) era plenamente consciente de que los hermanos de la Salle me someterían a un cambio de imagen instantáneo y punitivo, y es una cosa más por la que les tengo que estar agradecido. Así que es probable que dentro de poco esté jurando en arameo por no encontrar ese cd de los Snoring Horses que estaba en el fondo de la caja de Marlboros, abajo en el trastero del sótano, pero de momento me encuentro feliz y en el coche llevo un cassette de un nana de Kumasi que alguien se dejó olvidada; ese alguien me ha aclarado que ese estilo de música que consiste en una mezcla entre salsa chunga (si es que hay otra clase de salsa) y orquesta de baile de fiesta de pueblo se llama High Life y es muy popular en el África Occidental. De momento, le da mil vueltas a Dover y su nuevo chunda chunda, y me alegra el recorrido que tengo que hacer los sábados por la mañana cuando voy a jugar los partidos a Orcasitas con un frío que te cagas.
Todo esto ya estaba en proceso de maduración antes de leer el post de Iván Adiós A Todo Eso, antes de que cayera en mis manos el último de Scott Walker y después de leer la lista de lo mejor de 2007 de Rockdelux, que puede llegar a generar comportamientos que jamás sospecharías que guardan relación con su lista. ¿De repente te gusta el waterpolo?. ¿Estás pensando en aprender a fumar en pipa?. ¿Cada vez que sales de viaje al extranjero te compras en el aeropuerto una bola de cristal que contiene un paisaje nevado de, digamos, el Prater vienés?. Todo eso es culpa de la puta lista. Lo del High Life también, no me cabe duda. Y en este estado tropecé con una lista alternativa recomendada en algún lugar de Popmadrid (el link para Popmadrid es obvio) que ahora mismo soy incapaz de recordar ni de encontrar. Allí se ofrecían cosas extrañísimas y otras menos raras; entre estas últimas yo diría que está el Forever Changes de Love.
Hacía un mínimo de ocho años que no escuchaba ese disco; lo sé porque en 1999 me mudé por primera vez y decidí que al plato y a los vinilos les podían dar mucho por saco. Como se ve, lo del comportamiento cíclico no era coña. Así que vete a saber dónde anda ahora el que fue uno de mis primeros elepés. Lo compré superando el obstáculo que suponía el nombre de grupo más cursi de la Historia y principalmente porque venía recomendado como de lo mejor de 1967 en una pavorosa Historia del Rock de Jordi Sierra i Fabra (recuérdese mi amor a las listas, véase supra.) En aquella época comprarse un lp era un acontecimiento: lo escuchaba varias veces al día durante meses, me aprendía los créditos, los nombres de los miembros del grupo y me inventaba las letras. Todos esos grandiosos elepés publicados por multinacionales. Ahora pienso que dónde demonios voy con tanto grupo escandinavo o báltico, y me da una especie de angustia existencial cuando compruebo la ingente cantidad de cd's que me rodean y que no volveré a escuchar jamás. Así que, con la tranquilidad de conciencia que proporcionaba el saber que Popmadrid ya no vende discos y que por tanto podía ir donde me diera la gana sin sentirme un Judas, el sábado pasado recuperé mi relación con Forever Changes por menos de ocho euros. A la tranquilidad de conciencia se unió la satisfacción de haberme ahorrado un pastizal en las últimas novedades alternativas llegadas de Dinamarca, Groenlandia o la República Checa. Y me sigue pareciendo un disco fantástico; "Maybe The People Would Be The Times Or Between Clark And Hilldale" supera su ridículo nombre (muy al estilo de la época; supongo que consiguió ser durante diez minutos el título de canción más largo del mundo) y sigue siendo mi favorita. Y me niego a buscar las letras en internet, las sigo cantando como me da la puta gana.
Todo pasará, y al igual que en tantos aspectos de la vida seguro que dentro de un mes me estoy contradiciendo, pero mi consejo es que hagas lo mismo, y que antes de gastarte una fortuna en discos que jamás escucharás enteros te hagas con todos esos clásicos que todavía te faltan. Y verás el gusto que te da cuando termines apilando tus discos de Matheew Sweet junto a los de Mikel Erentxun.
