Dice el saber popular que la “la suerte de la fea, la bonita la desea”. Pregúntenle a la Bruni, que les dirá que no. Guapa, rica, inteligente, notable compositora y cantante, ella siempre ha estado del lado de las que levantan algo más que envidias.
Nacida en Turin en los últimos días de un año recordado por romántico y convulso (1968) en el seno de una adinerada familia (su abuelo, Virginio Bruni Tedeschi, fue el fundador de Ceat, importante emporio industrial dedicado a la fabricación de caucho que siempre estuvo a la sombra de Pirelli), Bruni ha venido respirando la música en casa desde su niñez. Su padre componía (coleccionista de arte y director artístico del Teatro Regio de Torino además de dueño heredero de Ceat, Alberto Bruni Tedeschi decidía a mediados de los años setenta vender la empresa familiar y mudarse a París para dedicarse a componer música dodecafónica), su madre era pianista clásica, ella empezó a acariciar las cuerdas de una guitarra antes de cumplir los diez años; entre nocturnos, adagios y sinfonías de Chopin, Mahler, Mozart o Schubert, una joven Bruni asentada con su familia en Francia comienza a descubrir los sonidos de Serge Gainsbourg,Georges Brassens, Barbara o Leo Ferré, a empaparse de la cultura sajona en las voces de Beatles, The Clash, Bob Dylan, Joni Mitchell, Leonard Cohen, Ella Fitgerald, The Rolling Stones o Velvet Underground.
Cansada del mundo de la moda (en su momento, Bruni ha estado entre las 20 modelos mejor pagadas del mundo), Carla quiso probar a ser cantante. Y la cosa no le salió mal, para nada. Su participación en el álbum “Si J’étais Elle” (Virgin, 00) de Julien Clerc (ella le cedió a él seis temas) dio paso a “Quelqu’un m’a dit” (Naive, 02), un disco suave y acústico en el que firmaba (como autora única o co-autora) diez de los doce títulos, canciones que se movían entre el pop con tintes de blues y folk y la más auténtica tradición francesa, y que han llegado a vender en torno a dos millones de copias (casi la mitad, unas 950.000 unidades, en Francia; 65.000 copias en España) demostrando que lo suyo estaba lejos de ser el capricho de una modelo caprichosa y consentida.
El segundo capítulo se ha hecho esperar lo suyo, cuatro largos años. La culpa: el bloqueo creativo. Ella estaba dispuesta a sacar un segundo disco con textos en francés e italiano, las lenguas que utiliza habitualmente; preparó la música, pero las letras no encajaban. A falta de escritos propios, decidió recurrir a clásicos de otros, y haciendo gala de buen gusto literario, Bruni (aconsejada por Marianne Faithfull en materia de selección de textos y dicción) ha acabado en “No Promises” cambiando el francés por el inglés y adaptando textos de William Butler Yeats, Wystan Hugh Auden, Walter de la Mare, Dorothy Parker, Emily Dickinson o Christina Rossetti.
El resultado, de nuevo producido por Louis Bertignac, es un trabajo técnicamente mejor acabado, con más riqueza instrumental, un disco amable que mantiene el pulso suave de ese folk-pop ligero de corte acústico que tan buenos resultados le dio a la hora de su debut y se abre a influencias del jazz y el blues en detrimento de la raigambre chansonier de aquella primera entrega.
Habrá quienes piensen que Bruni consigue hacer sonar como propio todo este material ajeno, y habrá quienes opinen justo lo contrario, que se ha metido en una historia que no es la suya, que cantando estos textos resulta poco creíble; quienes vean en su jugada una maniobra extraña y quienes sientan que los temas de “No Promises” parecen haber nacido para ser cantados por su voz; quienes la prefieran con poso francés, susurrando aquellas historias mínimas y poco trascendentales, y quienes sean capaces de sentir en la voz de la nueva Bruni estos versos clásicos y solemnes.
Yo me reparto entre ambos grupos y digo que la música de Bruni, antes y ahora, me gusta más cuanto más desnuda. El disco es agradable y, por momentos, exquisito. La cosa funciona en “Those dancing days are gone” (William Butler Yeats), “Lady weeping at the crossroads” (Wystan Hugh Auden), “Autumn” (Walter de la Mare), “I went to heaven” (Emily Dickinson) o “At last the secret is out” (Wystan Hugh Auden). Pero hay temas que no convencen… Es como si cantara para sí misma, como si estuviera ensayándolos en voz baja buscando la manera de ligar melodía y palabras con no suficiente convicción y escasa emotividad.
Carla Bruni tenía una magia especial cantando en francés, magia que en “No Promises” alcanza sólo a veces.

