un grupo que te gusta saca un disco? ¿Te lanzas inmediatamente calle abajo -o arriba- para hacerte con un ejemplar? ¿Esperas a que te lleguen las primeras críticas? Me refiero a esas columnas firmadas con pseudónimos que tan buen rollo dan (tengo en la cabeza un ejemplo claro, pero me abstengo… ¿quién ha dicho que Internet es un medio de comunicación libre), o las famosas tres iniciales que dan al sujeto rancio abolengo. Yo siempre juego a ver cual puede ser el nombre del periolisto en cuestión: J.R.M. (Éste puede ser “Juan Ramón Martínez” o “José Rodrigo Maragall”, lo dejo a gusto del consumidor). Soy capaz, incluso, de ir a la mancheta y leerme todos los nombres para identificar al sujeto. Da igual, al final siempre pienso lo mismo: ¿me firaré del criterio de alguien que no se atreve a dejar su nombre? En fin, yo no digo nada que luego me caen las piedras en mi propio tejado… y los tiros, esta vez no van por ahí.
Toda esta retahíla viene a cuento ante la salida a la venta del último disco de Astrud. Yo soy mucho de Gran Fuerza y un poquito menos de Performance, pero Manolo y Genís siempre me gustan. Su puesta en escena, su forma de tocar la guitarra al Sor Angustías’ style (prometo que una monja de mi cole tocaba igual), y sus frases lapidarias conquistaron mi corazón. Es difícil describir como con tan mala leche y en castellano -sí, para mí es muuuuuuuuuuy necesario recalcar, subrayar, apostillar e incidir que no cantan en jinglis-. Vamos, que dicen “vamos chicos, vamos al amor” y no han empleado ni c’mon ni love, ni boys amparándose en ese acento taaaaaaaan nuestro. Y qué queréis. Para alguien de provincias como yo, es algo que se valora. Para gustos, colores.
Pues eso, que en definitiva, el disco en cuestión anda ya suelto y yo todavia no he escuchado más que un par de canciones. Espero solucionarlo esta semana. Que con estas cosas corres siempre el riesgo de quedarte sin conversación con un par de amigos. Desde hace quince días ya me ha tocado admitir un par de veces: “Lo siento, la culpa es mía”.
