A punto de cumplir quince años de historia –la banda se formaba en 1993 en Nueva York y tomaba su nombre de una canción de los DNA de Arto Lindsay-, Blonde Redhead acaban de entregar su séptimo álbum, un nuevo trabajo que no hace sino confirmarles como talentosos artífices de una de las carreras más personales y brillantes de todas las surgidas del fragor del rock alternativo estadounidense durante la pasada década.
Inconformistas e inquietos, el trío formado por la japonesa Kazu Makino y los hermanos de origen italiano Amedeo y Simone Pace ha sabido tomarse su tiempo para hacer evolucionar su música desde las aguas revueltas del noise-rock y la no wave de sus inicios (constantes comparaciones con Sonic Youth alimentadas, además de por su sonido áspero y arrebatado, su gusto por las afinaciones extrañas y las guitarras disonantes, por el hecho de que fue Steve Shelly quien les publicó su dos primeros discos –“Blonde Redhead” (1995) y “La Mia Vita Violenta” (1996)- en Smell Like Records), al rock tenso y enrevesado de raigambre post-core y math-rock de su etapa en Touch & Go, hasta llegar a abrazar el pop melancólico, decadente, oscuro, sensual, delicado y romántico de sus últimos dos trabajos para la escudería 4AD.
Tras el brillante -a mi juicio nunca suficientemente bien ponderado- “Memory Is A Butterfly” (4AD, 04), Blonde Redhead se deciden a continuar el camino de depuración sonora emprendido en “Melody Of Certain Damaged Lemons” (Touch And Go, 00), álbum producido por Guy Picciotto (Fugazi, Rites of Spring) en el que ya se hacían notar –en temas como “Loved Despite of Great Faults”- instrumentos no eléctricos como el piano o las guitarras acústicas, y entregan –con ayuda de Chris Coady, Mitchell Froom, Rich Costey y Alan Moulder repartiéndose tareas de producción y mezclas- un disco vaporoso, denso, étereo y pristino, de filiación más europea que americana, en el que las texturas electrónicas, las guitarras flotantes y los ritmos sencillos pero inventivos de Simone priman sobre las estructuras cerebrales de antaño construyendo un disfrutable tratado de psicodelia refinada, estilosa y ligera.
Si hubiera que citar nombres para ubicar su “nuevo” sonido, esta vez tocaría hablar de My Bloody Valentine, la cohorte shoegazer y, sí, el sonido de algunos de los más representativos grupos en la historia pasada de 4AD.
La voz de Kazu y Amedeo -sobre todo la de ella, más sutil y sensual que nunca, melosa y afrancesada, adictiva- ejercen de potente transmisor emocional, irradiando un sentimiento melancólico y agridulce en la enunciación de esas historias que hablan de la confusión, el desconcierto y la angustia provocada por la falta de expectativas de quien se ve sumando años, pero siempre esperando a sumar victorias.
Ellos llevan varios discos sumando para convertirse en uno de los grupos más valiosos -y más infravalorados- de la escena musical contemporánea. Si lo dudas, escucha gemas como el emocionante “Dr. Strangelove”, la intensa y dramática “SW”, la más directa y nerviosa “Spring And By Summer Fall”, el extraño ambiente espacial con el que comienza “Publisher”… Méritos más que suficientes para seguir confiando plenamente en ellos.