Protestó el público, protesto Damon Albarn, protestó Jeff Tweedy y hasta los Buzzcocks protestaron a su manera. Y es que, si hay algo que se deba echar en cara a la organización del Primavera Sound es el poco mimo que han demostrado tener a la hora de ubicar a los grupos en sus respectivos escenarios.
Yo llevaba todo el día incómoda. Problema mío tras tener la feliz idea de estrenar mis bonitos zapatitos de charol para presumir en el festival. Ya sé que es una de las reglas básicas que toda guerrera de macroconciertos no debe descuidar pero, como a Narciso, me pudo la vanidad… ¡Una es débil! La cuestión es que la ubicación de los escenarios, muy parecida a la del año anterior y que tan amargo sabor de boca nos dejó a unos cuantos, -por aquí anda un comentario mío en relación al tema-, se repitió.
El escenario conocido como Rockdelux by Friday’s Project se oye mal. Sí señores. Por si nadie se había dado cuenta, se oye mal. Y si encima, lo situamos en contra de otra plataforma, la CD Drome by Vueling, pues se oye peor. ¡Qué se le va a hacer! C’est la vie! El viernes ya había tenido un par de escalofríos con la actuación de Beirut. Su atrevimiento al utilizar micrófonos en lugar de refugiarse en las habituales pastillas, conllevo a que el violín, -este sí eléctrico-, se comiese al resto de instrumentos de cuerda con patatas. Y hasta la voz de un Zach Condon, equipado con un jersey de abuela, se oía a duras penas. Eso sí, espectacular ese final de marinero griego borracho despidiéndose de El Pireo anclado a dos de los músicos. Señores de la Organización, este concierto era para el Auditorio. Que sí, háganme caso.
Tampoco lo de Blonde Redhead a media tarde había sido para tirar cohetes, es más si no llega a ser porque la cantante hipnotiza con esos pantalones Celine y ese meneo de melena, yo ya me hubiera marchado a la cuarta canción a comerme una crepe. Oída una, oídas todas.
Sin embargo, lo del sábado ya era para llorar. ¿Lisabö se encargaban desde su escenario de poner la base rítmica al concierto de The Good, The Bad and The Queen y yo no me enteré? Prometo que a mí Albarn me dio pena cuando preguntó al público quién era el grupo que se oía por encima de su actuación. Poco podían hacer el cuarteto de viento que lo acompañaban y el piano contra la machacona de las dos baterías pum, pum, pum, boing, boing, pum. El cabreo se le notaba al inglés a distancia y a mí, como sujeto empático, también. Su salida del escenario, rápida, y sin mirar al público, resultó bastante significativa. El siguiente grupo que sufrió ese escenario fueron los Buzzcocks, que optaron por dejarnos sordos a todos los asistentes de tal modo que Fast Cars podía ser Melendi sin gaita y acelerado, y nosotros sin enterarnos. Eso sí, nadie del CD Drome by Vueling les pisó su actuación.
El punto álgido fue cuando Jeff Tweedy (desde el domingo madrugada, alguien muy parecido ¿a dios?) comentó que le resultaba muy agradable tocar con música techno de fondo. Y, ¡menos mal, que ellos tocaban en el Estrella Damm, escenario ubicado de espaldas al resto!
En fin, otro día más y mejor.
