Anoche pudimos ver en Madrid a una de las bandas míticas de ese extraño fenómeno musical nacido a finales de los ochenta en la lluviosa ciudad de Seattle. Recuerdo que cuando apareció el grunge a muchos se nos rompieron los esquemas, pues había algo nuevo en la forma de atacar las canciones de aquellos grupos, sobre todo dos cosas: la influencia de bandas de metal, como Black Sabbath o Mettalica, y la influencia del free jazz de Coltrane, Freddie Hubbard, Oliver Nelson, Miles Davis, etc. Esto último no es tan evidente como lo primero, pero creo que explica por qué Mudhoney no es simplemente una banda de punk rock.
No ando muy interesado en la polémica sobre si fueron mejores que Nirvana y Pearl Jam juntos, cosa por otro lado fácil de demostrar, ni si el prodigioso guitarrista Steve Turner es el más creativo de su generación, o si a MarK Arm sólo le supera en presencia escénica la iguana de Detroit. Loque sí se sabe es que tras la estela de "Every Good Boy Deserves Fudge" de 1991 el sello Sub Pop encontró su Harry Potter particular al fichar a Kurt Kobain y publicar en el mismo año "Nevermind", posiblemente el último gran acontecimiento que ha vivido el rock en su larga existencia.
Mudhoney mostró ayer una forma excelente, con una sala abarrotada y un público entregado, que coreaba las canciones más emblemáticas de la banda y aplaudía las más recientes de su disco de 2006 "A Billion of Suns", o las del album de 1998 "Tomorrow hit Today". Pero la fiesta vino con el recorrido final por sus canciones de adolescencia, al volver a recrear las maravillas metal-punk de su disco de 1989 "Superfuzz Bigmuff".
En total, una hora de energía, de psicodelia, guiños a Neil Young, al mejor Tom Verlaine de Television, a los Cramps, un derroche de pasión en el escenario y una lección de lo que es un concierto de rock. Pero volvieron a salir, y tocaron otros veinte minutos más, para saciar a los más hambrientos. Por mi parte, me voy a buscar los discos de Steve Turner en solitario, que me comenta un amigo que son productos de una calidad insuperable, con la sensación de que el grunge -sea lo que sea eso- no murió con Kut Kobain.
