El Hijo "Las Otras Vidas" (Acuarela, 07)

por: luismr · 17/Jul/07 17:59 ·
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Tras dos primeros EPs (aquellas cinco canciones sombrías envueltas en un tejido de cuerdas que firmara en “La Piel del Oso” (Acuarela, 05), las adaptaciones al castellano y en clave más folk-rock de cuatro títulos -“These days” de Jackson Browne, “A long way down de Michael Penn”, “Milk and Honey” de Jackson C. Frank y “I was young when I left home” de Dylan- del cancionero norteamericano de “Canciones Gringas” (Acuarela, 06)), Abel Hernández entraga su primer álbum.

Si la primera impresión es la que cuenta, el primer esfuerzo en formato largo -casi 50 minutos- de El Hijo es un disco sobre todo frío, evadido de la realidad, excesivamente formal, algo pagado de sí mismo y aburrido. Pero como uno sabe bien de lo muy recomendable que es desconfiar de cuando en cuando del buen juicio propio y prescindir de preconcepciones y expectativas, la insistencia, o más bien la exposición repetida ha hecho que este “Las Otras Vidas” vaya revelando poco a poco su mejor cara.

Sin dejar de ser en ningún momento un disco bonito (una de sus mayores bazas pasa por ser su -a veces logrado, a veces no tanto- preciosismo), no es un disco de una belleza explosiva, inmediata, repentina, fulgurante; o te dejas envolver por su bruma de escenario medieval, su narrativa -algo rígida- literaria y el cariz fantástico de buena parte de las historias que aquí se cuentan o es más probable que todo te suene artificioso y distante.

Las canciones mandan, básicas, canónicamente arregladas e interpretadas, en busca incluso de una pátina clásica, de la condición de estándar. Las canciones como fundamento de todo… Pero por momentos todo resulta demasiado previsible. Las materias primas pueden ser buenas, pero uno hecha en falta algo más de vísceras a la hora de cocinarlas, algo más de arrebato, de imaginación, de riesgo que evite la sensación de estar oyendo a alguien recitar las historias que está leyendo en el cuaderno de otro. ¿A quién le gusta la gaseosa sin gas?

El disco es musical y líricamente amable, todo aquí son medias voces, medias luces y brisas sonoras (guitarras acústicas y pianos llevando el peso de unas canciones que beben del folk florido de los setenta y setenta), pero es difícil que conmuevan temas que salvo excepciones pasan por ser crónicas afables -algún que otro lugar común del lenguaje poético- de una realidad fantástica que poco tiene que ver con lo contemporáneo, fábulas que parecen brotar del recuerdo de congelados escenarios medievales dominados por fantasmas, fosos, castillos, navíos, guardas a caballo… Tanto atrezo para hablar fundamentalmente de amor.

Es un disco que, como haría un libro de cuentos ilustrados, ayuda a imaginar, a generar imágenes, residiendo el valor del cuento más en las formas, en los colores, en los detalles que atesoren las ilustraciones que en el trasfondo de la propia historia. Y como pasa con los cuentos, que nos los cuenten puede a veces apetecernos más y a veces apetecernos menos… No es este un comentario baladí. La impresión que causa el disco depende mucho de los humores que vista el oyente, del momento del día, de la temperatura, de la luz, de las alegrías o penas que uno se gaste. Nada trata de imponerse y ahí reside uno de sus puntos fuertes. Es una obra que no le exige grandes esfuerzos al oyente. Es un disco que empieza a funcionar cuando dejas de pedirle cosas, cuando ya no esperas nada. Cuando lo escuchas a “deshoras”. De manera calmada, sosegada y sosegante va apaciguando el ambiente hasta llegar a un momento en el que, entonces sí, eres capaz de sumirte en su teatro de sombras.

Si eres paciente, competente discriminado y leyendo entre líneas (sobran palabras, sobran frases enteras que apenas dicen nada en estas historias) serás capaz -tras algunas escuchas- de valorar en su justa medida brillantes ejercicios de estilo (¿Acaso es otra cosa una canción pop?) como “Los reyes que traigo”, Mirando atrás” (una de las más aventureras musicalmente), “En medio del llano” y, sobre todo, la más sentida “Bosques Son”, “Vals de los Besos” (con esos coros regalando la emoción que uno echa en falta en la voz protagonista) y “Cabalgar” (incluído ese sugerente final escondido tras varios minutos de silencio), estas tres últimas, los mejores -notables- canciones del álbum para quien firma.

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