Esperando no resultar muy paliza, estreno mi blog a modo de abuelo cebolleta. Ustedes me disculparán. Y es que el cierre de Madrid Rock, rumoreado desde hace meses y finalmente confirmado esta semana, ha disparado algunos resortes de mi sufrida memoria. No teman, que no voy a hablar de la piratería, de la crisis de la industria y de lo mal que lo pasan Manolo García y Miguel Rios ante tan injusta situación.
Además de la longeva y esencial Escridiscos -el espíritu de Lennon la guarde muchos años-, mi primer abrevadero musical fue Discoplay. Aún cuando en mi casa no había tocadiscos, allí me pasaba tardes enteras mirando vinilos y poniendo en danza mis jugos gástricos ante joyas que finalmente y gracias a la mediación de algún amigo acababan trasladándose a una cinta TDK para mi deleite y el de mis hermanos.
Pero Discoplay me duró poco; después de varios traspiés, la tienda cerró finalmente, dando paso a un oportuno sustituto: Madrid Rock. Esta suerte de hipermercados del disco no es comparable a la calidez y cercanía de las tiendas pequeñas, pero he de reconocer que me encanta darme largos paseos entre las interminables estanterías absolutamente a mi aire, sin que nadie me importune preguntándome si busco algo.
En Madrid Rock he pasado muchas horas y al final el hecho de llevarme algún disco o no era casi lo de menos. Lo bueno era curiosear, buscar, mirar, encontrarte con inesperados y felices hallazgos, tener los discos en las manos, comprobar algún crédito, comparar ediciones… Desde luego, seguiré comprando en Escri, en FNAC o en PopMadrid.com, pero seguro que echaré de menos Madrid Rock.
