El segundo de Charades es uno de esos discos capaces de despertarte un cosquilleo en las tripas, un álbum conciso pero cargado de infinitos matices, luminoso a pesar del trasfondo turbio de algunos temas, que se revela enormemente adictivo, que crece a cada nueva escucha al tiempo que en no sé en qué rincón del cuerpo se dispara por medio de mecanismos reflejos esa extraña emoción que a veces uno siente cuando cree estar ante uno de esos discos capaces de vestir con holgura calificativos como “brillante” o “esplendoroso”.
La primera escucha se agota en tu estéreo antes de que puedas quitarte la mueca tonta de sorpresa de la cara. Y es que “En Ningún Lugar” es un trabajo delicioso, delicado y preciosista al que resulta muy difícil encontrarle pegas. Todos y cada uno de los temas del álbum están cargados de una extraña chispa y el conjunto (desde el fantástico sonido hasta el no menos estupendo artwork, todo da la impresión de estar muy trabajado) resulta admirablemente armonioso. Además, y en estos casos se agradece, el disco dura lo que dura un suspiro.
Habrá quien eche de menos el ímpetu primerizo que bullía en “When Shining Blue” (Corea Discos, 06), pero quién quiere fogosidad y ardor adolescente cuando puede disponer de un amante igual de brioso, ágil y fresco, y a la vez más experimentado y maduro. Así se muestra “En Ningún Lugar”, más suave y tierno, más cercano y sincero, haciendo de cada minuto de escucha una experiencia gozosa.
Grabado en los Estudios Ultramarinos Costa Brava de Sant Feliu de Guixols y producido con maestría por Santi García, “En Ningún Lugar” nos muestra a Charades crecidas y en cinemascope, tejiendo estructuras armónicas más envolventes y elaboradas y cuidando las texturas a base de teclados, dobros, vibráfonos, percusiones, variados timbres de guitarras y fantásticos coros.
“Pop y Rock Cósmico”, se arriesga a decir la promo, y a mí me vale. Byrds, Hollies, American Spring, Buffalo Springfield o Love como influencias más clásicas de unas canciones del todo contemporáneas que combinan con medida dosis de dulzura, vitalidad y melancolía para desgranar historias (todo un acierto el paso al castellano), pensamientos, fantasías, deseos bien enraizados en sus propias vidas, sentimientos que suenan del todo creíbles, cercanos, nada impostados.
“Siete” y su bajo palpitante, su trenzado de guitarras encabritadas y sus “pa pa pas”; la exuberancia melódica de “La máquina del tiempo” (“No dejaré que el pasado recuerde lo que pude hacer. Sé que hoy el sol brilla, no quema y sabe quien soy. En mi habitación sueño, puedo detener el tiempo”); los dibujos de dobro y teclados, la brillantez de todas y cada una de las guitarras que suenan en “La carta” (“Lentamente me voy marchando he ido borrando quien era yo, cada hoja que he ido arrancando, cada latido que se quemó”); la dulzona energía garagera de “Cuando tú no estás”; la melancolía solipsista -como arma contra el desengaño- que planea en “El barco de Eric” (“Me encontrarás dormida bajo el mar. No tengo tengo miedo. Ya nadie viene y se va. Detrás de la mirada se esconde la verdad. Me encontrarás perdida tras el cristal. En el silencio de la dulce soledad, escucho un murmullo que dice la verdad”); el aire vitalista de “En Ningún lugar” (“Desde aquí no se ve la ciudad, si nos buscas tendrás que llegar a ningún lugar”); el empuje powerpopero de “Rozando la suerte”; el aire feltiano de las guitarras de “Un día en Brighton”; el final psicodélico de “Tengo a María”… Sobran las razones para recomendar encarecidamente este disco. Música capaz de hacer que le pongas buena cara a un mal día.










