Salvemos Eurovisión. Ese era el lema que TVE puso a la campaña para encontrar un candidato para representar a España en el festival de la canción con más solera en el viejo continente, en el que había cosechado fracaso tras fracaso en las últimas ediciones. El pasado sábado, un tal Rodolfo Chilikuatre, cumplía la misión encomendada. No, no ganó, pero su actuación fue seguida por 14 millones de españolitos. El resto del Festival tuvo una media de 9 millones de espectadores (casi un 60% de share).
Me parto viendo, leyendo y escuchando a esos críticos que se tiran de los pelos por entender que llevar el Chiki-chiki ha sido una deshonra para España. El año pasado, cuatro guapitos llamados D’Nash hicieron el ridículo con “I love you mi vida”, el anterior, las Ketchup habían hecho lo propio con “Bloody Mary”, y en 2005, Son de Sol mostraron la versión más rancia de nuestro país con “Brujería”… ¿Acaso estos ejemplos no son más deshonrosos que el chiki-chiki?
Este año, la famosa (y en breve odiosa) canción del Chikilicuatre, ha conseguido que la gente se enganchara de nuevo a Eurovisión, y han sido muchos los que se han encontrado con un Festival que puede tener cierta gracia, que tiene un seguimiento brutal en Europa, y que no solo lo siguen gays y frikis.
Personalmente no me apasiona Eurovisión pero lo sigo con cierta curiosidad. Me resulta un espectáculo entretenido tanto el Festival, como lo que genera a su alrededor. Musicalmente no me dice demasiado. Este año, para mi gusto, lo poco salvable ha sido la representante de Francia. El tema se llama ‘Divine’ y el autor es Sebastián Tellier. Terminó 18º, dos puestos por detrás de Chikilikuatre...
