Nashville, capital del estado de Tennessee, cuna del country y del rock cristiano. ¿Que no parecen haber tenido esos sonidos influencia alguna en la música desbocada de estos hijos de la velocidad llamados Be Your Own Pet? Pues la han tenido, en negativo. Be Your Own Pet son producto de su tiempo y de su entorno, una adorable pandilla de jóvenes deslenguados que reaccionan agarrando sus instrumentos y regurgitando su ruido contra el hastío adolescente que genera eso mismo que les rodea.
Empezaron cantándole a las vacaciones, a fiestas en casas de amigos, a aventuras a lomos de sus biclicletas lowrider y a ajustes de cuentas juveniles a la salida del instituto. A nadie deberían extrañarle estas temáticas teniendo en cuenta la escasa media de edad en el seno de la banda cuando empezaron a dar por finiquitadas sus anteriores aventuras (Night Shift Nurses, Jimmy Cushman?) para concentrar sus esfuerzos en este nuevo proyecto.
Dos años después de su debut en formato largo, Be Your Own Pet entregan un segundo álbum (media hora repartida en quince píldoras de efecto rápido que sólo en dos ocasiones llegan a los tres minutos) que sólo a ratos suena igual de anfetamíco y apresurado, igual de alborotado, visceral y crudo que su predecesor, reinterpretando de una manera suficientemente personal y fresca los dictados estéticos del hardcore, el skate-punk, el garage rock y hasta el speed metal, y añadiendo la muy convincente voz de Jemina Perl buenas dosis de urgencia melódica al conjunto.
Lo que les hace crecer como banda son, sin embargo, esos otros momentos en los que se atreven a probar nuevos tempos y dinámicas, a rebajar dos puntos las revoluciones y hasta a coquetear con el pop de épocas pretéritas (“Becky” y sus aires a girl group de los sesenta, y *”You’re A Waste, cercana por momentos al indie-pop escuela C86) en un par de canciones.
En lo lírico, la banda sigue mostrándose como un ente bicéfalo. Su cara más emocional tiene reflejo en cortes como “Becky”, “Heart Throb”, “Twisted Nerve”, “Your Are A Waste” o “What’s Your Damage”, canciones en las que se habla de amor adolescente desde diferentes perspectivas (celos, traición, confusión, desengaño o venganza) y se reflexiona sobre el paso del tiempo y la construcción de identidades desde un punto de vista ligeramente más adulto que el de anteriores entregas.
En reverso, canciones como “Super Soaked”, “Food Fight!”, “Zombie Graveyard Party”, “The Beast Within”, “The Kelly Affair” o “Black Hole” se consagran al desbarre, a la fiesta y al gamberreo, dándose cita en los textos toda una serie de elementos (drogas, alcohol, sexo, violencia gratuita, impulsos antisociales, vandalismo) que, aún sonando del todo inocentes, colocan a estos chicos lejos de cualquier modelo de civismo y urbanidad promulgado por el censurador Gran Hermano americano.
Más saludable que el speed, y casi igual de efectivo.


