Renovarse o morir. Es un hecho, y bien lo saben los islandeses Sigur Rós, como han demostrado en su último álbum Með suð í eyrum við spilum endalaust (algo así como Con un zumbido en nuestros oídos tocamos eternamente).
Esta vez han economizado en misticismo para acercarse a algo más sencillo y fácil de escuchar, siempre sin traicionar a su característico estilo. Sigur Rós siguen sabiendo intervenir no sólo en las sensaciones sino también en las emociones y en el ánimo del oyente, transmitiéndole esta vez más sensación de plenitud y felicidad simplista que la trascendencia espiritual a la que nos tenían acostumbrados. Ésto se consigue gracias a una mayoría de canciones más cortas de lo habitual (menos de 7 minutos) y a ritmos más rápidos con guitarras acústicas y pianos capaces de llenar de vitalidad a cualquiera.
Ni qué decir tiene que a los más puristas ya les ha faltado tiempo para ir echando pestes de este nuevo trabajo. Yo, aunque me confieso una auténtica enamorada del estilo Sigur Rós de siempre, pienso que ha sido un giro genial el que por una vez no todas sus canciones parezcan la banda sonora de una aparición mariana; matizo, no se me malinterprete: amo las bandas sonoras de apariciones marianas, pero un cambio como este les ha venido muy muy bien.
Aun así, este nuevo aire que le han dado a su música Jónsi y los suyos está muy marcado en la mayoría de los temas (especialmente en los primeros), pero no en todos, ya que tampoco faltan algunos (Ára bátur, All alright, etc...) en los que podemos seguir disfrutando de los violines, los agudos imposibles en la voz del cantante, las notas eternas, los finales in crescendo y todos esos elementos que llevan hechizándonos desde Von.
Una auténtica maravilla.
