
Es uno de los grandes de la música norteamericana de los últimos cuarenta años. Heredero de la tradición de los clásicos cantautores folk de los años cuarenta y cincuenta, Ry Cooder* consolidó su reputación como deslumbrante y personalísimo guitarrista participando como músico de sesión en discos de numerosos y variados grupos y artistas, incluyendo algunos de los mejores álbumes -“Let it Bleed” (1969), “Sticky Fingers” (1971)- de los Rolling Stones.
Particularmente interesado por la música folk de diferentes países, a Ry Cooder siempre le ha gustado moverse en terrenos fronterizos, destacando, por ejemplo, su trabajo como productor de la banda sonora recogida en el documental “Buena Vista Social Club”, en el que Wim Wenders se sumergía en la música tradicional cubana.
Con sesenta años cumplidos, Ry Cooder acaba de publicar “I, Flathead” el álbum que cierra la trilogía iniciada en 2005 con “Chávez Ravine”, al que siguió, en 2007, “My name is Buddy”.
Intenso, cálido, lleno de sabor y consistencia, el nuevo disco de Ry Cooder ofrece nuevamente un variado ramillete de espléndidas canciones que se mueven entre el folk, el blues, el rock and roll, el jazz y los sonidos latinos. “Es lo de siempre –reconoce el guitarrista-; la única música que soy capaz de hacer. No me importa si suena contemporáneo o no, si suena diferente o no… solo pretendo hacer buenas canciones y mantenerme fiel a mí mismo, no intentar copiar a otros o forzar mi inspiración”.

Sí suena, efectivamente, muy personal, a pesar de tener ese sonido con referencias tan clásicas…
Es mi sonido; la música que haces es la expresión de lo que eres, y lo cierto es que me resultaría muy difícil hacer otra cosa. Nunca me he guiado por un método ni he tratado de copiar lo que hacen otros músicos. La música no es algo que se aprenda en los libros, como la gramática o las matemáticas…
“I, Flathead” cierra una trilogía. ¿Cuál era tu propósito al encarar este trabajo?
En realidad, no había ningún objetivo específico. No he trabajado bajo ningún plan… Lo cierto es que cuando estaba haciendo las canciones de “Chávez Ravine”, que tenían más o menos un nexo común, alguien me pasó esa fotografía que acabó siendo la portada de *”My name is Buddy”, me puse a pensar sobre ella y se me ocurrieron algunas historias en las que podía usar ese gato como símbolo… pero ha sido todo mucho más espontáneo de lo que puede parecer. Hice “Chávez Ravine” pensando en los chicos de los Honky Tonks… en gente como Willie Nelson, George Jones o Merle Hagard. Ya no quedan músicos como ellos; gente que habla de las cosas reales, músicos comprometidos con la sociedad, algo que desafortunadamente parece haberse perdido para siempre.
Bueno, hay gente, como Steve Earle…
Sí, claro, Steve es el último de ellos. Le aprecio enormemente como músico y como persona. Es una cuestión de principios, de cómo estás en la vida y lo que haces. Antes la música tenía más contenido. Ahora da la sensación de que únicamente es una forma más de entretenimiento.

No pareces muy optimista…
No, desde luego que no lo soy en absoluto. Vivo en un país en el que solo importa el consumo, el poder y el dinero. Somos los adalides de la democracia y la libertad, pero en realidad estamos totalmente en manos de las multinacionales, y, desafortunadamente, creo que ese modelo ha sido exportado a todo el mundo.
¿Crees que el nuevo candidato a la presidencia por el partido demócrata, Barack Obama, puede representar algún cambio en la situación?
El sistema es muy fuerte y muy difícil de cambiar… no creo que un hombre pueda hacer gran cosa, aunque he de decir que me gusta Obama. En realidad es una especie de símbolo de lo que viene, una sociedad multicultural.
El sueño de cambiar el mundo con la música se esfumó hace tiempo…
Sí, claro, la música no puede cambiar el mundo, y, de hecho, lo que ha sucedido es exactamente lo contrario, que el mundo ha cambiado la música, y no precisamente para bien. Lo que sí puede hacer la música es tocar el corazón de la gente. Creo que esa es nuestra función, el papel de los artistas.