
Hay vida para la más impulsiva y extrovertida de las hermanas Damunt al margen de Hello Cuca. La visceralidad eléctrica y la actitud airada y desafiante del pop-punk-surf de raigambre riot grrrl del impagable trío rompepistas se acomoda en este nuevo proyecto en solitario a la intensidad sin edulcorantes de los más austeros sonidos de raíz americana. Lidia Damunt, sin presiones y a su ritmo, ha sido capaz de convertir sus horas de aburrimiento en el laboratorio de ideas del que han surgido los materiales para la construcción de un universo musical absolutamente propio que mantiene un pie en los garajes-escupe-sonidos de Olympia mientras el otro mancha sus zapatos en los caminos polvorientos de un Nashville imaginario que en su cabeza adquiere encantadores tintes mágicos.
Ella, su guitarra acústica de cuerdas de acero, el refuerzo de una simple armónica y una pandereta adosada con cinta aislante a un tobillo de pataleo brusco y cadencioso; es todo lo que necesita la joven Lidia Damunt en su nueva encarnación de singer-songwriter de fantasía animada para ponerse a narrar sus alucinadas historias en clave de country-folk y rockabilly severo como si de una versión femenina, aulladora y punk de Johnny Cash o Hank Williams llegada de la costa murciana se tratara. Su falta de ínfulas y pretensiones es todo un regalo.
En el rincón lírico de “En la isla de las bufadas” manda el peso ligero de la imaginación fantástica. Lidia parece adaptar al formato canción algunos de sus sueños más gráficos, fantasías por momentos estrambóticas, casi surrealistas, que parecen surgir de forma casi automática y que de algún modo giran siempre en torno a esa Isla de las Bufandas que da título a un álbum que huele a sal marina. Olas gigantes que amenazan a los bañistas, caballitos de mar en peligro de extinción, corazones rotos atravesando el desierto, amenazantes aloes gigantes con vida y recursos propios, zumos de naranja-cepos con trozos de cristal dentro en vez de hielo, pueblos fantasmales y sectas de comedores de plasma… Las canciones se disfrutan de la misma manera que se goza de un comic, de un libro de aventuras, de un disco de Daniel Johnston o una película de Tim Burton.
Son las historias que se narran, ocurrentes y alucinadas, las que mantienen el interés de unas canciones que de otro modo podrían resultar monótonas y reiterativas; heterodoxas y vibrantes canciones que en lo musical se apropian -deformándolos- de algunos de los clichés asociados a las músicas de los años cincuenta, y que beben tanto del blues más oscuro como de Hank Williams (a quien adapta en “Mansión en la montaña”), el Bob Dylan de los sesenta, Johnny Cash y June Carter, Patsy Cline, Leadbelly o la Carter Family, sin olvidarse de la influencia renovadora de músicos actuales como Cat Power, Michael Hurley o Dan Sartain.
Espontáneas, frescas e imperfectas. Escuchen “Aloes de 50 metros”, “Isla de las bufandas” o “Pagan por tocar” y díganme que no tienen un algo especial. Personal e intransferible. Una de las propuestas más curiosas y defendibles de las surgidas últimamente en este país.