En 1941 Gerardo Diego publicaba un conjunto de poemas titulado "Alondra de verdad", anticipando lo que anoche vivimos los que tuvimos la suerte de asistir al concierto de Alondra Bentley en la sala Boite de Madrid.
Concierto vespertino, a la hora en que reina la estrella Venus, los aledaños de la calle Montera vivían su ajetreo diario de hetairas, mendigos y paseantes parlantes (cómo nos gusta hablar a los españoles) ajenos a lo que se avecinaba a pocos metros de distancia.
Llegué con prisas, temiendo la puntualidad británica que un apellido como Bentley permitía presagiar. La sala Boite se fue llenando hasta completarse, y yo, ubicado en la barra, me di cuenta de dos cosas, que si un fan había cogido el tren desde Ponferrada para ver este concierto, a solo dos semanas de haber aparecido el disco, o bien se trataba de un loco, o la cosa merecía la pena. Creo que le distinguí, muy abrigado, esperando en un escalón, mirando concentrado el oukelele, el pequeño acordeón, el precioso contrabajo, el teclado, las guitarras pulcramente alineadas.
Había jóvenes activos, que se reconocían, hablando de proyectos, conciertos, con ganas de que las cosas vayan mejor, con lo cual seguro que van a ir mejor.
Y salieron los músicos, ¡que vivan los músicos!, como rezaba el último disco de Nacho Mastretta.
Tocaron íntegramente las doce canciones de "Ashfield Avenue", un disco grabado y mezclado por Paco Loco en el Puerto de Santa María y producido por César Verdú, masterizado en NYC por Nathan James, y en el que todas las canciones han sido escritas y compuestas por Alondra Bentley con la aportación creo que fundamental de estupendos músicos, entre ellos Vicente Macià, Joserra Senperena, Joaquín Pascual, Xema Fuertes y César Verdú. El disco ha sido publicado con cuidada elegancia vintage por Absolute Beginners Records en 2009.
Creo no exagerar demasiado si digo que el derroche de emociones y fidelidades que produce este disco, con solo dos semanas de vida, no tiene parangón en nuestro país.
En directo Alondra toma altura, te hace más grande para intentar alcanzarla, te hace soltar lastre para que el globo suba, te obliga a estremecerte, a desprenderte de temores muy íntimos, a felicitarte de vivir el tiempo presente, y te hace entender eso que leí hace unos días volviendo de Glasgow en un avión y que decía el viejo Leonard Cohen sobre que solo ha aprendido en esta vida dos cosas, que son a descubrir la belleza y la verdad. No es muy moderno, o tal vez sí, pero cuando estás enfrente de Alondra te das unos cuantos coscorrones contra ambas.
Las canciones fueron desfilando desde la voz y guitarra de Alondra como un arroyuelo, alegres y divertidas, ingrávidas diría Paul Valery, a veces a ritmo de vals, otras desde los Apalaches, en ocasiones recordando a las Boswell Sisters, aquel maravilloso trío de hermanas favoritas de Ella Fitzgerald cuando era adolescente, a veces encarnándose en la Karen Dalton del "In my own time", aunque siempre dejando su sello personal.
Decía recientemente en una entrevista ese maravilloso ser que se esconde detrás del nombre de Durruti Column que su mayor afición cuando no anda con la música es levantarse a las tres de la mañana para escuchar el sonido de los pájaros. Alondra, el pájaro que canta a la aurora de la mañana, nos regaló un concierto anoche en Madrid que será difícil de olvidar, puro, discreto, hechizante.
Serán más los que caigan bajo el hechizo de esta niña nacida en Lancaster, afincada en Murcia desde los cuatro años y, de aquí a poco, universal.
