Santi Campos siempre ha reconocido su admiración por Wilco o Elliot Smith y ya en los tiempos de Malconsejo había quien apuntaba a estos artistas como referencia de su música. Sin embargo, ni el los tiempos de la banda castellonense ni en el primer disco en solitario de Campos se trasladaban a su música estas influencias con la nitidez de éste su segundo trabajo.
Se trata de un disco con regusto de vino de reserva, hay que abrirlo, dejarlo respirar, decantarlo y saborearlo sorbo a sorbo paladeando todos sus matices, uno de esos discos en los que las primeras escuchas casi parecen un trámite (y en ese trámite puede que haya quien abandone, cometiendo un tremendo error).
En primer lugar, no se trata de una colección de canciones, sino de un álbum en sentido estricto, donde cada canción sólo tiene sentido junto a las nueve restantes. Y en ese conjunto, que mantiene una línea maestra y un patrón común, uno puede caer en esas primeras escuchas en considerarlo lineal, de canciones largas y con fronteras difusas entre ellas, casi como una enorme canción. Es cuando uno ya se ha sumergido en el disco y navega con él en un viaje a poca velocidad cuando se aprecian los emocionantes cambios de intensidad, perfectamente arreglados, de todas las canciones. Una sensación que, sin tener nada que ver musicalmente, también me ocurrió con el último disco de REM “Around the sun”.
El sonido y los arreglos son sin duda la gran sorpresa del disco, un sonido de lujo en el que todos los elementos aguardan pacientemente su turno y cuando éste llega lo hacen únicamente al servicio de la canción. Entre ellos, bonitas guitarras agudas que con sus punteos y arpegios acompañan por momentos la melodía de las canciones, y la maravillosa segunda voz femenina de Ana Béjar de Orlando que bien empastada con la de Santi en determinados estribillos da como resultado los momentos más estremecedores del álbum en canciones como Despiértame, lo más parecido a un potencial single. También merecen una mención los arreglos de teclado de Pablo Sbaraglia. La voz de Santi suena además más limpia y clara que nunca y no resulta forzada en ningún momento.
Se trata en resumen de un viaje maravilloso en canciones que superan con holgura los 5 minutos sin que ni siquiera los que acostumbramos a no escuchar más de tres lo notemos. Todo tiene sabor a clásico, sonido de gran banda y canciones que te devuelven con creces el esfuerzo de atención que exigen.

