No me entra en la cabeza cómo Green Day han podido convertirse en lo que son hoy día en directo. Tras sacar dos discos enormes como Warning y American idiot, donde todas las variables del éxito comercial y artístico confluían (buenas canciones, temática interesante, ventas millonarias, seguidores de todas las edades, respeto por parte de la crítica), hacer de un concierto de rock una pista de circo les hace perder la oportunidad de convertirse en un grupo realmente grande.

Con hits que todo el mundo se sabe al dedillo, pasta para montar escenarios impresionantes, y carisma y empaque como banda, están en ese momento en el que su estatus les permite hacer prácticamente lo que quieran: desde la posibilidad de convertir American idiot en una película al estilo Tommy, a dar conciertos inolvidables. En cambio Green Day han optado por la vía fácil y autocomplaciente de destrozar su repertorio y convertir su directo en una especie de karaoke gigante, donde las canciones pasan a un segundo plano, y lo principal es seguir y contestar las payasadas de Billy Joe.
Los primeros veinte minutos de su concierto en Madrid fueron impecables: enlazaron con contundencia y actitud los primeros temas de American idiot, sobre un llamativo escenario que por su simbología pseudo revolucionaría recordaba a los Clash (algo a lo que ayudaba la pose del bajista Mike Dirnt). Pero tras tocar Longview, todo pareció convertirse en un estudio sociológico sobre cómo apelando a lo más primitivo (uooohs, uuuuhs, eeeehs, aaaahs) y a referentes universales de la música (We’re the champions de Queen, Shout de los Isley Brothers, Always look on the bright side of life de los Monty Phyton), se logra cierta comunicación intercultural y tanto un chaval mexicano como un adulto de Rusia pueden participar en el espectáculo sin mucho esfuerzo. Pero lo triste es que Green Day no necesitan de la pirotecnia barata ni de esos trucos facilones para ganarse al público, ya que con su propio repertorio y con fans tan entregados ya juegan sobre seguro.
Al final, en un concierto que a piñón fijo no hubiera llegado a sumar más de cincuenta minutos, cayó gran parte del último disco, tres temas de Dookie (un escalofrío recorrió mi espalda cuando tocaron She) y algunos singles de Insomniac, Nimrod y Warning. Bien pensado las partes en las que dejaban de hacer monerías fueron buenísimas, pero les pierde querer estar más cerca de Robbie Williams que de los Clash.
Con este tipo de espectáculo dejan pasar la oportunidad de convertirse en el referente musical íntegro de toda una generación. Unos Who, unos Ramones, o unos Jam que venden millones de discos, componen canciones que te marcan y te obligan a jurar amor eterno a la música. Los chavales se lo pasarían bien, pero también hubiesen disfrutado de un buen concierto donde la mayor atracción hubieran sido las canciones y no dar palmas, corear ououohs y encender mecheros en las canciones lentas.
