Dice Juan Aguirre, en una entrevista que publica este mes la revista Efe Eme, que Amaral es un grupo de rock. Tienen eso: estuvieron tocando en garitos delante de veinte personas, y, vale, eso imprime carácter, enseña y disipa fantasmas. Pero de ahí a que Amaral sea un grupo de rock…
Pero sí, ellos caen bien, tienen su halo de “autenticidad”, y el hecho de caer bien les proporciona buenas críticas procedentes de firmas insospechadas; les proporciona (?) cosas como estar en un disco, La Revolución de los Colores, supuestamente dedicado a grupos más o menos nuevos de psicodelia colorista que se encargan de animar la escena musical… En fin, no me cuadra situar a Amaral cerca de Sexy Sadie o Bombones. (Incluso veo mucho más lógica la inclusión del espeluznante Bumbury).
Finalmente, resulta que hay que darse con un canto en los dientes por el hecho de que quienes estén arrasando en las giras de este verano sean Amaral, unos tios que no son tan desagaradables como la mayoría de los que se lo llevan crudo un verano tras otro. Pues vale. Pero Amaral no es un grupo de rock, según el concepto que tiene uno de la cosa.
