Tiene una voz preciosa: algo rota, pero cálida y cercana, capaz de irradiar emoción y credibilidad. Quizá sea una debilidad personal –compartida, eso sí, con más de uno-, pero solo por eso merece la pena estar atento a la aparición de cada nuevo álbum de Paul Westerberg.
En este “Folker” que con tanta discreción (casi indiferencia) ha pasado por la crítica especializada, el ex líder de los formidables Replacements no deslumbra –nunca lo ha hecho en sus discos en solitario-, pero vuelve a convencer con un disco sólido, certero y vigoroso, al que quizá le falte alguna que otra melodía más redonda, pero en el que las canciones se suceden con ritmo tranquilo pero ágil, dejando al final un sabroso regusto.
Empieza el disco con una especie de broma, una pequeña delicia llamada “Jingle”, que bien podría ser eso, uno de aquellos “jingles” publicitarios que algunos grupos de los sesenta grababan para las campañas de grandes firmas comerciales. A continuación, una avalancha de música honesta y crujiente: rock carnoso adornado con bonitas acústicas y, sobre todo, armado sobre una base de preciosas guitarras eléctricas de afilado y sugestivo sonido.
Lo borda en piezas tan poperas y de tanto gancho como “Lookin´ up in heaven” –la que sería el single más claro del disco-, pero su faceta más áspera acaba resultando tan atractiva o más.
