Escribió un puñado de espléndidas canciones para su banda de los ochenta y noventa, los añorados 091. Desafortunadamente, el combo granadino acabó separándose sin haber trascendido más allá de un relativamente reducido círculo de fidelísimos seguidores. Poco después del punto final (con certificado de defunción materializado en gira y disco de despedida), Lapido decidió quitarle el polvo a su guitarra y volver a grabar. Ahora presenta su tercer disco en solitario, En otro tiempo, en otro lugar, seguramente el más convincente y sólido de los tres.
Has creado tu propio sello ante las dificultades para sacar tu nuevo disco, a pesar de que tus fans son muy fieles y son unos cuantos ¿eres un músico de culto a la fuerza? ¿cómo llevas esa condición?
Bueno, lo de músico “de culto” o “maldito” es algo que arrastro desde mi época con 091. Como te puedes imaginar, esa es una etiqueta no buscada. No creo que haya nadie al que le apetezca ir cargando con esa cruz, y más estando en el país que estamos. Porque hay muchos músicos americanos o británicos que también ostentan ese dudoso honor y no les va nada mal. No es mi caso. Lo llevo con resignación cristiana. O tal vez no: no me resigno a esa condición y sigo luchando. En este nuevo disco está la prueba.
¿Qué es lo más difícil de tu nueva condición de “empresario discográfico”?
Soy un empresario un tanto atípico, tratándose de una empresa unipersonal. Cuento con la impagable ayuda de los míos y por ahora vamos sorteando los obstáculos. El disco se ha grabado y se ha comercializado, que ya es todo un logro. Ahora toca promocionarlo y defenderlo en directo. Lo cierto es que todo lo que rodea a la producción y edición de un disco me quita mucho tiempo que podría dedicar a observar las estrellas o a leer a los presocráticos, pero qué le vamos a hacer: sarna con gusto no pica.
¿Y lo más satisfactorio?
Cuando venda un millón de discos te contestaré a esta pregunta, por ahora sólo me llegan los marrones.
El disco lleva unas semanas a la venta, ¿cómo van las cosas? ¿qué aspiraciones tienes al respecto?
No sé, es muy pronto. Parece que la acogida de la crítica es buena. Por lo que me llega y por lo que leo por internet en los foros de rock creo que está gustando. En cuanto a las ventas, hasta final de mes no sabré nada a ciencia cierta. Los de El Diablo todavía no me han puesto una limusina en la puerta de mi casa, por lo que deduzco que aún no he llegado a disco de oro.
Aunque se mantienen algunas constantes con respecto a los anteriores, tu nuevo disco tiene más variedad de arreglos, sobre todo más teclados… ¿cómo has trabajado este aspecto?
He trabajado los arreglos del disco con la misma banda que me acompaña desde hace tres años. Víctor Sánchez, Antonio Lomas, Sergio Martín y la nueva incorporación: Raúl Bernal que toca órgano y piano. En otros discos anteriores siempre he incluido arreglos de teclados, pero en éste, sabiendo que eso se iba a poder reproducir en directo, tal vez le he dado más protagonismo. En todo caso creo que en el sonido general predomina el sonido primitivo de guitarras que a mí me gusta. Amplis de válvulas y baterías del pleistoceno.
¿Normalmente trabajas las canciones con tu banda antes de grabar? ¿cómo evolucionan las canciones desde que las escribes hasta que las grabas?
En mi casa compongo primero la melodía básica con los acordes. Cuando estoy convencido de que eso va a llegar a alguna parte que no sea el cubo de la basura me pongo a escribir la letra. Luego llevo el resultado al local de ensayo donde cada músico aporta el talento que Dios ha tenido en gracia concederle. Digo ¡Un, dos tres, va! Y se obra el milagro: ha nacido una canción. En el estudio acabamos de joderla.
Lo que sí se mantiene es el tono oscuro de las letras…
No estoy de acuerdo; mis letras son luminosas, porque iluminan los rincones oscuros del alma. Por los intersticios cerebrales que rigen nuestros deseos es por donde deambulo en ese aspecto. Yo aporto dudas, las grito a modo de sollozo melódico. Expongo mis contradicciones al escrutinio público, ¿hay algo más luminoso que eso? Mis letras son como lo que nos queda en la memoria de las conversaciones ebrias que hemos mantenido la noche anterior. Sabemos que estuvimos hablando de algo, pero no sabemos muy bien de qué exactamente.
Hablando de ello, hay quien las considera excesivamente pretenciosas, ¿no crees que abusas de las referencias culturales y literarias y de cierto barroquismo?
Puede ser, se abusa de tantas cosas… Conocí a un poeta que murió de sobredosis de metáforas. Yo intento no pasarme. Lo cierto es que si escribiera como hace la mayoría de la gente, o sea, ateniéndome al mínimo común denominador tal vez no me llamarían pretencioso, pero yo no soportaría mirarme al espejo cada día al levantarme. La letra de una canción es para mí tan importante como la música. No puedo dejar de ser quién soy para que a cierto público adocenado le lleguen más fácilmente mis mensajes. En ese caso estaría haciendo entretenimiento barato, no arte popular, que es lo que intento hacer. En cuanto a lo de las referencias… qué quieres que te diga: me gusta la mitología y el blues y no me corto a la hora de hacer homenajes a mis bluesmen favoritos y a mis dioses protectores. Incluso en este disco me nombro a mí mismo ¡el colmo de lo pretencioso!