Tan bien se ha hablado –o más bien escrito- en la mayoría de los medios –generalistas, pero también más especializados- del nuevo álbum de Paul McCartney que no me lo he tenido que pensar mucho para comprármelo. Tan bien se ha hablado –escrito- que la decepción ha sido considerable. (Eso le pasa a uno por fiarse de lo que se escribe por ahí...)
McCartney tiene oficio de sobra –y talento, naturalmente- para escribir buenas canciones casi sin querer. En cuanto se centra un poco y se deja de melodías irritantemente tontorronas y de producciones artificiosas y huecas, se encuentra con material cuando menos digno. Así, la carrera en solitario de “Macca” está llena de canciones decentes, canciones que seguramente ganarían mucho con otro tratamiento –como el que le dan algunos de los grupos y artistas participantes en el tributo “Coming Up!” (Oglio Records, 2001)-, pero que se dejan oir sin mayores disgustos.
En esta ocasión, en muchas de las críticas se había hecho especial hincapié en la producción, a cargo del ilustre Nigel Godrich, que se ha hecho cargo de discos de gente como Beck, Radiohead o Travis. Supuestamente, esta elección implicaba un sonido más arriesgado y atractivo.
Pero no. Los cambios con respecto a otros de sus discos recientes no son muy significativos. Es cierto que el disco tiene buenas canciones –también las había en “Drivin´ rain”, en “Flamin´ Pie” o, sobre todo, en “Flowers in the dirt”, disco en el que se notaba positivamente la influencia de Elvis Costello, que aparecía como coautor de cuatro temas-, pero el álbum no pasa de ser uno más en su amplia, agradable y prescindible discografía.
Como casi siempre, se muestra más atinado en los medios tiempos, en las piezas más delicadas, mientras que las más ágiles son tan resultonas como olvidables. No es un mal disco, pero a estas alturas hay muchísimos discos en las tiendas que tampoco están mal.
