Alucinante. No he podido recabar otras palabras de nadie, que fueran mínimamente coherentes, después del concierto dado o más bien arrojado por este grupo islandés en el teatro Coliseum de Madrid, esta noche (21 de noviembre).
Sigur Rós es un grupo extraño. Sus canciones no tienen estructura definida, usan todo tipo de instrumentos del modo más curioso (la guitarra la tocan con arco de violín), y hasta se han inventado un idioma para cantarlas.
A partir de bases de pop han ido creando texturas y mundos antagónicos entre sí, mezclando acompañamientos clásicos de música de cámara con pianos de juguete, flautas, xilófonos, sintetizadores, y cualquier cosa que se encuentren por el medio.
Y esto a priori puede dar miedo en directo, pues es una mezcla peligrosa a la hora de enfrentarse al público. Y más si se hace en un teatro y con la gente sentada.
Pero nada más lejos de la realidad. Utilizando una escenografía acorde con su música, que va desde las brumas y luces ligeras hasta proyecciones y estrobos que casi parecían buscar la enajenación de todos nosotros, han deconstruido para delicia de todos los presentes las canciones de su nuevo disco "Takk", junto con alguna antigua canción.
Y digo deconstruido porque eso parece que hacen con toda su música. Van marcando todos los elementos que la componen, los van mezclando, hasta llegar a momentos de intensidad dificilmente igualable, uniendo todas las texturas que, junto a la impactante escenografía, nos han mantenido agarrados a las butacas y sin casi poder mover un pelo.
Un concierto especial, sin duda, que nos enseña que la música puede y debe tomar muchas veces otros caminos, para poder entenderla un poquito más.
