Como decía Álvaro, el nuevo trabajo de Jose Ignacio Lapido ha supuesto una pequeña revolución en Popmadrid.
La gente lo esperaba con ganas: Hemos tenido clientes que se han llevado hasta cinco copias y esto es, sin duda, debido a que, más allá del carácter posesivo que suele acompañar al fenómeno “fan”, los discos de Lapido aseguran momentos de puro placer, tanto para iniciados como para profanos, que permite, pide, ser compartido con amigos o desconocidos. En otras palabras; canción popular.
Cierto es, que también habrá influido en las abundantes ventas la mala distribución de sus anteriores trabajos, lo que ha propiciado que, por miedo a quedarse sin él, los adoradores del genio granadino se lanzaran como posesos a por las copias del nuevo disco.
Mientras la gran mayoría del rock “moderno” que se hace hoy en día busca con un afán soterrado el exclusivismo, el sectarismo a través de huecos conceptos estéticos, la canción popular de Lapido rehuye cualquier tipo tendencia que pueda entorpecer el mensaje. Esto, desde luego, no quiere decir que el medio, lo musical, no esté trabajado o que no tenga una determinada estética, muy al contrario, quiere decir que hay mensaje y que el mensaje importa.
Pequeño detalle que prefiere obviar la gran mayoría del rock actual y que vendría a explicar su parapetamiento tras lo aparente, tras la imitación. Como decían Lagartija Nick; “Algo sucio tras visión, el medio es el mensaje”, y así nos va, pues esa diferenciación que se pretende buscar es un viaje de doble dirección cuya parada final es la anulación total del individuo, que debe responder a unos determinados cánones estéticos para existir, unos cánones que casi nunca son los propios, los naturales.
Es decir acaba uno convertido en un travelo, con todos mis respetos hacia los travestís.
Lo cierto es que desde las primeras letras con 091 Jose Ignacio Lapido ha tenido, más allá de la divina capacidad de hacer letras hermosas y emocionantes, un discurso propio de una claridad insobornable y todo ello sin caer en dogmatismos.
A pesar de que cada vez demuestra una maestría mayor, su mensaje ha sido siempre el mismo, no es el caso del músico que comienza su carrera dedicándole canciones a la chica que se cepilló el sábado por la noche y acaba cantándole a Jesucristo redentor, ni tampoco el del que aferrándose a su propio personaje comienza cantándole al Che y termina cantándole al Che.
No, el discurso de Lapido desde el comienzo ha sido mucho más sincero que todo eso, más emocional, más verdadero, más apasionado, más terapéutico, más heterodoxo, más desesperado y más esperanzado a un tiempo, más espiritual, más imaginativo, más libre en definitiva. Y es que aunque “La torre de la Vela” y “La antesala del dolor” sean el mismo espacio, entre ellos hay un recorrido enorme, un recorrido verdadero hecho paso a paso, sin hacer trampas.
Salvando algunas distancias, uno tiene la misma sensación ante las canciones de Lapido que ante las películas de John Ford; tocan lo emocional, sin ser sensiblero, siempre cuentan lo mismo pero sin perder por ello interés y sin rebajar la altura intelectual de sus reflexiones, siempre utilizan los mismos recursos, pero no como artificio sino como articulación natural de un mensaje que bulle en el interior y tiene que salir como puede, ambos creen o quieren creer en algo más que lo que se ve y se toca, y por supuesto ambos tienen esa pizca de sal que proporciona la genialidad.
Para terminar me gustaría quejarme de ese cuerpo totalmente devorado por los parásitos que es Radio 3. ¿Totalmente????? No!!! como aldeas galas resisten excelentes programas, aunque ninguno de ellos dedicado lo que entendemos por pop-rock. En las oficinas de Popmadrid acostumbramos a escuchar esta emisora y es muy curioso comprobar como un producto bien acabado como "En otro tiempo en otro lugar" suena una vez, el día de su publicación, y se acabó.
Mientras algunas de las mayores chorradas insustanciales hechas por cualquier niñato de cualquier manera, pero que, eso si, lleva el peinado igualito al de nosequé cantamañanas inglés, es pinchado una y otra vez. ¿Dónde está el criterio de esos señores que tanto saben? ¿En el bolsillo?
