Antaño, qué emocionante aventura suponía ir a comprar una entrada para ver a tu grupo favorito. Te cogías el autobús en tu barrio, picabas el bonobús (tan alargado que no te cabía en la cartera), veías por la ventanilla unos sitios que, hasta entonces, desconocías que existieran y, finalmente, bajabas en la parada que te correspondía. Llegabas a la tienda de discos y le decías al dependiente: “Me dé dos entradas para Black Sabbath” (por poner un ejemplo). Y te ibas tan contento, sobre todo, teniendo en cuenta que, al comprar la entrada un mes y medio antes, sólo te costaba 800 pesetas. ¡Qué tontos aquellos que esperaban al día del concierto y pagaban 1.000 por lo mismo! ¡La de cervezas que te ibas a tomar con esas 200 pelas! Además, el tipo de la tienda se ponía la mar de contento porque, ya que ibas a comprar la entrada, a lo mejor te pillabas el último disco de Ozzy Osbourne (por seguir poniendo ejemplos). Vale, es verdad que todavía quedan minúsculos reductos donde esto todavía es posible, pero, amigos, la realidad acabará siendo otra.
Ahora, todo se hace por Internet (sí, además de follar por la Red, también se compran entradas). Los organizadores de bolos se han vendido al capital (ese en el que a todos nos gustaría caer rendidos) y hacen negocio en donde, en principio, no debería haberlo.
Reciben una pasta de determinadas entidades y ya se encargan éstos de vacilar al personal con ese eufemismo llamado gastos de distribución. ¿Que tiene gastos tener un puto ordenador, una asquerosa impresora, un rollo de papel, una ubicación para vender las entradas…? No me jodas, que me incomodas. ¿Y qué fue de esas entradas, diseñadas con tanto cariño, obras de arte en muchas ocasiones? Yo asumo que esta gente querrá cobrar por ese servicio de venta anticipada de entradas, pero lo que no quiero es que me engañen. Unos y otros.
No quiero ver un cartel de un concierto o una información en un periódico que me diga ‘Entrada: 18 euros’, y cuando llego a comprar la entrada me cobren 20,40 euros. “Los 2,40 de más son por gastos de distribución”. Prefiero que sean claros y que me pidan 20,40 por la entrada. Que luego organizador y puntos de venta hagan sus cuentas, pero que no nos vacilen. Es muy fuerte, teniendo en cuenta que ha habido conciertos en los que los gastos de distribución se han acercado a los 5 euros. Encima, se da la paradoja de que, en muchas ocasiones, te pillas la entrada por Internet, te la sacas en un cajero de mierda de esos (porque te gusta tener la entrada físicamente), y llega un amigo tuyo, la compra el día del concierto y le cuesta menos. ¡Tócate los cojones! (si eres chica, esto no lo hagas).
Como siempre, la única ley del mercado, que no es la de la oferta y la demanda, sino la de “es lo que hay; si no, te jodes”, se acabará imponiendo y nosotros, resignándonos; unos, cristianamente, otros, hasta la polla, que queda mucho más fino.
PD: sí, soy heavy. Lo habéis adivinado.
