Viernes, 16 de diciembre de 2005.
06:00 a.m.
La alarma de mi despertador suena sin piedad. El estruendo retumba en mi cabeza durante unos segundos. Me hundo un poco más en el nórdico. No puede ser verdad. Rápidamente reacciono. Hoy es el día. Hoy es el único día.
Me visto con lo primero que pillo, agarro la trenca al vuelo y me dispongo a correr por San Bernardo en dirección a Callao mientras sopeso la posibilidad de utilizar el metro. “No - me digo a mi misma-. Con lo dormida que estás seguro que te confundes y vas en dirección contraria”. Y en este momento, en el que las aceras aún no están puestas, el tiempo es oro para mí.
Llego a Callao extasiada, mirando ansiosa a izquierda y derecha, buscando alguna cara conocida mientras me enfilo hacia mi objetivo: la puerta o, en su defecto la posición más cercana a la misma, de Escridiscos.

Me regaño mentalmente “antes, antes, teníamos que haber quedado mucho antes”.
La cola para conseguir las entradas del concierto “secreto” de los Strokes en la Sala Sol ya es demasiado larga. Mientras me lamento, camino con una sonrisa nerviosa que me ayuda a camuflar la vergüenza de saberme metida en un acto marketiniano vil y cobarde. Miro mis pies. Segundo error. Llevo unas Converse y el suelo es granito gélido de O Porriño. Sé que voy a sufrir. Y estoy dispuesta a ello.
El chico situado delante de mí me sonríe. Supongo que será por la cara de pánfila que se me ha quedado. De repente unas voces conocidas me anuncian que ya han llegado. “Menos mal –pienso- un plantón hubiera sido horroroso”. Un bip, bip, anuncia una retirada a tiempo. Un escueto mensaje de texto comunica la imposibilidad física y psíquica de acudir a tan magno evento por parte de uno de esos que el día anterior te han asegurado, jurado y perjurado que “allí estaré”. En toda guerra hay bajas. Y nuestra lucha por las entradas, no iba a ser menos.
La fila es heterogénea, plurilingüe y además de calor humano, destila buen rollismo. Un chaval con cara de organizador nos pasa una lista, “tenéis que apuntaros, habrá dos controles más a las 7.30 y a las 8.30 –explica- así que procurad ir al baño o a tomar un café a otras horas porque si no, se os saltará el turno”. Le doy las gracias y me inscribo. Junto a mi número de posición, 187, anoto mi nombre y apellidos. Empiezo a preocuparme. ¡187! Ayer por teléfono nos habían asegurado que serían 180 entradas a 20€… Nos miramos con cara de susto. ¡Yo que había avisado que llegaría tarde al curro! “Podrían ser 200, ¿no?” –pregunto con voz entrecortada.
Decidimos acercarnos a pillar un café de esos que están tan calientes que siempre te quemas la punta de la lengua. Porque vamos a aguantar. Necesitamos oír de viva voz que ya no hay entradas. No nos vamos a rendir con facilidad. Hemos venido a sufrir. Y no hay dolor.
El local está hasta la bandera de flequillos perfectos y pantalones de abuelo que sientan como un guante. Mientras decido cuál de los envases es el que contiene el chocolate en polvo, un nene con corrector dental me comenta “yo te conozco”. Obviamente, miente como un bellaco. Prueba irrefutable es que me hable a las 7 de la mañana cuando estoy a punto de que el dedo meñique de mi pie empiece a gangrenarse. Tendría que saber de antemano que se encuentra en situación de riesgo mortal. Murmuro algo y vuelvo como una autómata hacia la fila. En el trayecto, el café se pone a temperatura ambiente, “¿quién había pedido café con hielo?”
En diez minutos ya nos hemos forjado un pequeño grupo de resistencia. “Son dos entradas por persona”; “pondrán 300 a la venta”; “a ver si no se cuela nadie”; “¿lo lograremos”. A estas alturas la cola es impresionante. Desciende vertiginosamente a lo largo de la calle e invita a pocas esperanzas al gotero de gente que continúa llegando.
Los controles van pasando. Se tacha sin piedad a quién no responde. Y nuevos nombres continúan incrementando la lista. Esto sí que es poder de convocatoria.
A medida que transcurre el tiempo, fluyen las conversaciones con nuestros vecinos de fila. “¿Viste a Weller?, Eso sí que es un directo.”; “¿Y los Go-Betweens en Aqualung? Siguen en forma”; “el Primavera es el festival mejor organizado”; “¡claro que me gustan los Sonics”. Evitamos hablar del tema. Del porqué estamos ahí. Sabemos que es una empresa difícil, casi irrealizable. Poco a poco la treintena de personas que ha pasado toda la noche a la intemperie comienza a despertarse. Mantas, sillas baratas de Ikea, paquetes de patatas, botellas vacías y cartones abarrotan el suelo. Los hombres de Gallardón armados con escobas y carrito intentan poner un poco de orden entre tanta guarrería.
A las nueve y dos minutos las entradas se ponen a la venta. Los gritos de “una, una” (se entiende una entrada por persona) surgen con fuerza entre los primeros puestos de la cola. En apenas diez minutos se confirman nuestros peores presagios: Sold Out. Las entradas no han llegado a 90. Regla de mercado pura y dura. Exceso de demanda y escasez en la oferta.

Justo en ese momento, uno de nuestros nuevos amigos me pone una mano en el hombro y me comenta “Imagínate que nos hubiese pasado con Wilco”. Hasta consigue ponerme contenta.
Lunes, 19 de diciembre de 2005.
11:23 p.m.
Albert Hammond Jr. se encuentra apoyado en la barra de la madrileña Vía Láctea mientras mantiene una conversación animada con dos chiquillas la mar de monas. En vivo y en directo parece un chico normal. Nadie diría que es uno de los autores de esa pequeña maravilla que ha sido, es y será “Is this it”. Tengo ganas de acercarme y comentarle un par de cosillas sobre el disco de su novia Catherine Pierce.
Cuando yo salgo del baño, él entra. En mi cabeza suena “Meet me in the bathroom”. Me digo a mi misma “a la vuelta le canto las cuarenta”. Por el madrugón. Por las 80 puñeteras entradas. Por el frío helador.
Ambos nos reubicamos en el bar. Él con las chicas. Yo con los míos. Me acerco decidida a la barra. Es mi oportunidad. No la voy a dejar pasar. La venganza se sirve fría.
Pero, no sé que me pasa y en el último instante, mis pies no me responden, como ateridos por el aire de la pasada mañana. Mi cabeza se gira buscando la complicidad de la camarera, y me oigo diciendo: “dos tercios cuando puedas”.
Uno para mí, y otro para mi orgullo que, últimamente, anda escaso de valor.
