No se muy bien que es lo que esperaba, pero esperaba más. Era la primera vez que veía a los Buzzcocks en directo y aunque sabía que en todas sus reencarnaciones, desde principios de los 90, continuaban reivindicando la frescura de su mejor época, la del 77, quizás esperaba algo más de ellos. Es decir, esperaba evolución, tratándose como se trata de una banda que siempre mantuvo en su horizonte un cierto gusto por la experimentación, certificada por la extrañeza y volubilidad de algunas de sus legendarias piezas y por Pete Shelley en sus álbumes en solitario.
El otro día hablábamos en las oficinas de Popmadrid sobre lo bien que habían sabido envejecer Wire, y quizás yo esperaba de los Buzzcocks algo parecido, aunque está claro que la vocación experimental de Wire siempre ha sido mucho mayor.
Los de Manchester, es la sensación que me causaron, se han quedado en una mera reinterpretación de sus viejos temas apoyándose en unos nuevos temas, que yo no había escuchado anteriormente y que no tienen, claro, la frescura de aquellas maravillas de orfebrería punk de las que venían cargados sus discos de los 70´s. Es como montar en monopatín cuando el cuerpo está a lo sumo para bicicleta.

Pero quien tuvo, algo retuvo y prescindiendo de estas apreciaciones un tanto negativas debo decir que por otro lado el concierto fue notable ya que el sonido Buzzcocks estaba más que logrado; las voces de Shelley y Diggle mantienen la potencia y las ganas. La característica electricidad estroboscópica de sus guitarras también me pareció bastante lograda y el difícil equilibrio melódico de los nerviosos cambios de ritmo que dan forma a sus temas más memorables, tan influyentes hoy en día, consiguieron transmitir entusiasmo, apoyándose en la gran simpatía personal que despliegan, a una audiencia que en la abarrotada sala El Sol se mostró en algún momento cercana a la algarabía.
Eso si, yo paso pagina.
Fotos: Nacho Ballesteros
