En la época dorada de la música bubblegum, bandas como los Banana Splits o 1910 Fruitgum Company se lanzaban a la carretera con cuatro formaciones distintas para poder hacer frente a la demanda y así rentabilizar con los máximos conciertos posibles el lanzamiento de un single. Los músicos contratados para la ocasión lo único que tenían que hacer era ponerse su disfraz para que el público los identificara como miembros de ese grupo.
El mundo que recrea Guille Milkyway en sus discos de La Casa Azul es una herencia de esa música para preadolescentes, con toda la ironía que supone hacerlo en otro contexto y para un público completamente diferente. Pero es el propio Guille Milkyway y no un grupo en playback quien hace las apariciones en vivo, como si hubiesen sido Kasenetz y Katz los que en la época se echaran a la carretera para presentar sus canciones en directo.

El pasado sábado yo ya iba avisado de que no me esperara encontrar un concierto al uso. Aun así, ver a una sola persona en el escenario, como si fuera un pinchadiscos sobre una tarima, me dejó bastante frío y me costó entrar en calor. Me ayudó a quitarme todo tipo de prejuicios el hecho de que la sala estuviera abarrotada y que se hubiera hecho realidad uno de los ingredientes ficticios de La Casa Azul: lo que en su parafernalia bubblegum es un fenómeno fan de broma, se convirtió en algo de carne y hueso pues la sala El Sol estaba hasta arriba de gente -se agotaron las entradas una semana antes-, y todos se sabía las letras de las canciones de principio a fin. Eso convirtió el concierto en una especie de karaoke multitudinario donde lo de menos era lo que pasara sobre el escenario.
Todo su repertorio es infalible, más aún con el público tan volcado. Funcionan mejor las canciones machaconas, como Cerca de Shibuya o Chicle cosmos, y no tanto aquellas que simplifica a un simple arreglo de teclado, ya que la cosa se acerca peligrosamente a un rollo tipo cantante melódico de Eurovisión, que llega a dar un poco de miedo. Como anécdota, a parte de alguna canción inédita como Chicos malos (que podéis escuchar en su web si rebuscáis en la sección de rarezas), hizo un par de versiones: una canción de Raphael, que entre tanta celebración de lo naïf quedó como el toque más adulto de la noche, y el I want you back de los Jackson 5.

La actitud desenfadada y sin complejos de todo el concierto en general -y muy amateur en comparación con el acabado tan perfeccionista de los discos-, funciona para los fans y seguramente horrorizaría a cualquiera que escuchara al grupo por primera vez. Yo, como me considero dentro del saco de los que se saben las canciones al dedillo, disfruté la hora y media de concierto hasta acabar afónico. Eso sí, si algún día se le ocurre montar una banda para directo, seguro que lo de subir a un escenario las canciones de La Casa Azul no se quedará en una mera anécdota.
