Apenas voy ya a aconciertos, pues suelen ser lugar muy adecuado para desatar mis peores “artes” crapulescas, y pésimo para disfrutar de la música, que al final es lo que importa ¿O no?
En fin, da igual, el caso es que hace un par de fines de semana me dió por ir a tres. Los tres notables, cada uno dentro de su estilo, y quizás por diferentes motivos. La verdad es que el considerar que he visto tres buenos conciertos en un solo fin de semana, y podría repetirse la hazaña casi cualquier otro del año, me hace sospechar que, más que sobrado el panorama de buenos músicos, anda uno sobrado de tragaderas o lo que es lo mismo, que mi nivel de exigencia es muy bajo. Pero bueno, la cosa es disfrutar ¿O no? pues los tres los disfruté.
El jueves fui a ver a Manta Ray a la antigua sala Arena, sonada en Madrid por su mal sonido. Pues valgan las redundancias; Manta Ray, que acudían a presentar su “Torres de electricidad”, sonaron de maravilla. No solo todo estaba en su sitio en los distintos parajes por los que nos llevó la banda, si no que además el sonido tenía ese algo inefable; una calidez, que hace que a veces no importe que todo esté en su sitio. Si tenemos las dos cosas, mejor que mejor.
La espectacularidad, sin aspavientos, de Xabel Vegas a la batería, colocada con toda premeditación en línea con el resto de la banda, y el buen manejo de las atmósferas del que hacen gala, consiguen hacer volar el rock imaginario de los asturianos a moradas místicas en el vacío, y en el silencio, de pelaje variable, que tanto fondean en Washington D.C. como echan las redes en La Isla de San Fernando, tanto retrotraen al Berlín de Ulrike Meinhof como a las praderas de Canterbury. Realmente un concierto formidable, o así lo sentí yo. No llegué a tiempo para ver a los teloneros; The Secret Society, que es uno de los proyectos paralelos de uno de los tres componentes de Garzón.
La sala no estaba llena y se podía estar delante sin ningún problema, posibilidad que se me antoja indispensable para disfrutar de un concierto. El público, aunque no me fijé demasiado, me atrevería a catalogarlo dentro de la etiqueta de “viejos indies”. La cerveza, a pesar de estar patrocinado el local por una marca de la misma, se despachaba a 4€ el vasito de plástico. Un abuso, como tantos. Claro que, la entrada me salió gratis, pues tenía invitación y supongo que las cervezas me dolerían menos que a otros, todo un consuelo, aunque quien sabe; en este país parece que, quien más quien menos, todos están encantados de dejarse el sueldo, o la propina, en conciertos y birras. Paradojas de eso que llaman cultura.
El mismo día, mas o menos a la misma hora, y a unos cientos de metros actuaban Los Coronas, otra banda de excelente reputación y trayectoria probada. No se si llenarían el Sol, pero probablemente si, y no hace falta decir que el resto de las salas de Madrid estaban programando al mismo tiempo unas cuantas decenas de conciertos con mayor o menor afluencia de público. Y uno sigue dándole vueltas a eso de que haya tantos conciertos, tantos buenos músicos y tanto público; ¿Responderán los conciertos a una demanda real o los que patrocinan las salas y los que patrocinan a los que patrocinan las salas tienen algo que contarnos? ¿Serán los buenos músicos buenos músicos o tenemos las orejas afinadas a la buena de Dios y atrofiadas por décadas de música vulgar?¿Cuanto del numeroso público asistente a conciertos en la noche del viernes en Madrid serían a su vez músicos o aspirantes a músicos retroalimentados por los vanos destellos del escenario y no diletantes puros? ¿Quien sabe? Claro está, que no corren tiempos para andarse preguntando qué hay de real y qué de ficticio en lo que nos rodea, pues claro está que el balance es abrumador. Lo que es seguro es que en diez años más no habrá tanta diferencia entre un músico y un funcionario.
Terminaron Manta Ray su bolo madrileño con una pedazo versión del “I fought the law” puramente roquera, por supuesto con destellos deconstructivistas, que haría palidecer a casi cualquier banda de larga tradición en el rock y por supuesto a todas esas de “mira mi rollito robótico”. Y a dormirla, que no estaba el horno para birras.
Al día siguiente, viernes, en Siroco actuaban Campamento Ñec Ñec y todo un cúmulo de bandas relacionadas con la escena hardcore con más vocación experimental de la capital. Sirva como ejemplo de que había más conciertos además de al que asistí yo, que fue el de The Beasts of Bourbon en la sala Copernico. 18€, y está vez si pagué, quede claro que no fue por no intentar conseguir invitación. Jodete gorrón, ya estará diciendo alguno. Pues si, que le vamos a hacer, pero, generoso que es uno, lo comento igualmente.
Aunque el público era abundante, también se podía estar a gusto. El sonido también espectacular. Las bestias se mostraron en plena forma; Tex Perkins es todo un chulazo en el escenario y la banda, una muy macarra maquina de precisión. A pesar de lo que pueda parecer escuchando sus discos, los directos de los de Perth, no son en absoluto pesados y lineales, ya que demuestran un plausible y apabullante manejo de los distintos palos blueseros que generan momentazos de rock intenso y hasta bailongo. Mención especial para la espectacularidad de Brian Hooper, el bajista, una mezcla entre Johnny Thunders, Robert Deniro, El Robe y Long John Silver. La cojera, según se comentaba, se la debe a una fiesta en un cuarto piso en la que el bueno de Brian confundió la puerta del lavabo con una ventana a la calle. Toma bulo. Lo que si es cierto, como todo el mundo sabe, es que los australianos no saben caer.
La sala Copernico está muy bien, parece tener un muy buen sonido y tiene una muy buena visión del escenario desde casi cualquier ángulo. El tubito de cerveza......5€. Chupate esa. El público, me jugaría una oreja, de esas medio discapacitadas que tengo, a que a lo sumo tres o cuatro personas podrían haber estado el día anterior en Manta Ray. Lo catalogaría dentro de “viejos roqueros”.
El sábado Luis me pidió que le acompañará con la cámara de video a la sala Sol, pues iba a entrevistar a Gille Milkyway, único y fantasma componente de La Casa Azul, antes de su concierto para el que estaban agotadas las entradas desde hacía 10 días. Guille, del que ya había oído hablar muy bien, me cayó de maravilla por su afabilidad y su lucidez, las cuales tendréis ocasión de comprobar en breves fechas en la entrevista que aparecerá en Popmadrid.com. Sus apreciaciones sobre si mismo, sobre todo esto de lo que vengo hablando en esta misma perorata despotricatoria y sobre su manera de entender la música me parecen de lo más interesante, inteligente y elegante que he oído en años y a pesar de que no he escuchado a La Casa Azul en mi vida me hace pensar que es de las pocas personas en este “sucio negocio” que se merece el éxito que tiene. Y todo esto lo pienso habiendo estado nada más que diez minutos con él, ya que nos fuimos pitando pues estabamos invitados en la sala Moby Dick, donde Santi Campos, sus Amigos Imaginarios, una sección de vientos y una de cuerdas presentaban "El invierno secreto", hermoso título.
Era la presentación oficial, ya que un mes antes había asistido en el Contraclub a la presentación oficiosa donde tuve ocasión de disfrutar del álbum completo en directo. El sonido, en esta ocasión, a pesar de que me pareció bueno le faltó ese algo, que antes comentaba con Manta Ray, y que nadie sabe muy bien de donde sale. No estaban los astros alineados a favor de Santi en esa noche de sábado y a los problemas logísticos como el que por falta de espació hubiera de prescindir de un chelo, el que los cambios entre el chelista y el trombonista hicieran demasiado largos los intervalos entre canción y canción, y el hecho de que un monitor, yo no me enteré, al parecer no funcionara, se sumó un aire acondicionado que todavía tengo que poner a ratos el lóbulo parietal derecho al baño maría a ver si termino de descongelarlo, un desagradable murmullo del dichoso publico parlanchín del fondo y la carencia de una masa humana más abigarrada, que no permitió que se diera el hecho de que ese mismo día se celebraba el homenaje a las míticas actividades de la Escuela de Caminos en los albores de la Movida Madrileña, propiciaron una mala conexión con él público que se mostraba aburrido a pesar de los esfuerzos de la banda por conectar: El exceso de pasión les llevó a alargar artificialmente un concierto que no estaba saliendo y, claro, a todo el mundo le resultó largo. Una lastima, aunque hubo momentos que disfruté mucho, sobre todo con los temas de su anterior disco, “Amigos imaginarios”, que es un trabajo que me ha calado muy hondo en el último año y que le va a costar bastante a este nuevo desbancar en esos surcos misteriosos que pueblan mi, cabeza iba decir, pero es un disco que se escucha más con el corazón. Pues la mejor arma de Santi es la sinceridad que brota a borbotones es sus sentidas letras.
Se aprovechó la ocasión para presentar, antes del concierto, el videoclip de "Permanecer", grabado en pleno invierno en el acertadísimo enclave de la Sierra de Madrid. Sin matarme me gustó bastante la fotografía casi en blanco y negro de las desoladoras montañas que, me pareció le iban muy bien a la canción.
La sala Moby Dick, mucho más pequeña que las anteriormente comentadas, también goza de buen sonido y la cerveza está a 3,5€, esta vez si, en botella. Un regalo, como quien dice. El público asistente, generalizando, se podría encuadrar dentro de “nuevos y viejos jihadistas del pop”.
Como veis la oferta es variada y me parece a mi que de calidad, pero desconfiado que es uno, continuo afinándome las orejas. Ah, y antes de que se me adelante nadie, como público yo me encuadraría a mi mismo dentro de los “viejos amargados”.
