Me había gustado mucho su segundo trabajo en solitario, "Each day a lie", pero ver a Ainara en directo ha sido una de las experiencias más intensas que he tenido la oportunidad de presenciar en los últimos tiempos sobre esa hoguera de las vanidades que son los escenarios. Colosal, que viene de coloso. La artista, y me atrevo a llamarle artista sin rubor, demostró en todo momento un sorprendente control sobre cada aspecto de la actuación, apelando solamente a un recurso; su presencia en el escenario. Desde el primer momento consiguió el silencio absoluto de un respetable que, bien es cierto, venía para verla a ella, pero alguno que había venido muy poco convencido, me decía un tanto transpuesto tras la actuación; “Joder, no he movido un músculo desde que ha empezado”.

Ainara logra con sus pasajes más ruidosos momentos de una hipnótica placidez y del grueso de sus temas, que están llenos de tenues movimientos, extrae pliegues temporales de una tensión arrebatadora, logrando así una inversión de factores que catapulta al producto hasta cotas casi místicas. Música de “raíces” que rompe las barreras del establecido concepto “raíces”, llevándonos a mundos muy lejanos en el tiempo pero cercanos de alguna manera, por que nuestras raíces son más alargadas de lo que creemos. Ainara canta en inglés, por lo que yo no me entero mucho, pero no importa demasiado en este caso, pues su música es de una intensidad vernácula, una intensidad que traspasa la barrera idiomática y por momentos uno cree estar escuchando a un trovador occitano. La solemnidad y la belleza de la voz de Ainara no dejan dudas sobre la sinceridad de su expresión, que es de una fuerza casi violenta y a un tiempo reconfortante.
Foto: la máquina de huesos
