De moda están las Charades, como cantaban los radicales libres del grupo afincado en Madrid. De moda están sus canciones, de moda sus directos. Yo, que ni soy radical, y mucho menos libre, creo que el directo de Charades es fresco y divertido (por favor, no con la misma acepción que podrían tener estos palabros en La Casa Azul). Y contundente. Mi cultura musical no es demasiado vasta, y por eso no puedo citar a grupos raros para referenciar a Charades. Pero así, de primeras, me vienen a la mente algunos temas de Donnas, algo de Pandoras, o pasajes de los Muffs. Lo sé, no soy original. Es mi destino.

Charades dieron el otro día un gran concierto. Salvando los problemas del teclado en las primeras canciones, el bolo fue muy bueno, muy macarra (me apropio de la definición que dio alguien ayer. Que me perdone, pero es que no me acuerdo quién fue), muy... Yo, aunque parezca mentira, sólo había visto antes a Charades una vez, hace mucho tiempo: no es que hayan mejorado, es que es otro grupo. El sonido fue compacto e incisivo, la ejecución, que dirían los doctos, más que correcta, la presencia, de cuento de hadas... Resumiendo, que me lo pasé de puta madre, hablando pronto y mal.

Pero la noche no era sólo de Charades, aunque era la suya. Abrieron la cita Tulsa, banda, banda, de los pies a la cabeza. Cantando en castellano, la voz de su cantante Miren, otra Electrobikini, como Isa Charade, me engancha. Su forma de cantar parece haber nacido para los temas que hacen: desde las entrañas, emocionando. Rock, folk, americana, esa extraña sensación reconfortante que a veces produce la tristeza... Sin saber muy bien el porqué, la Rosenvinge de 'Foreign land' o incluso a algunos temas de Siwel en castellano llegan a mi cabeza escuchando a Tulsa. Será porque sus canciones se dejan querer. Sí, amigos, a las canciones, como a las personas, también se las puede querer.
(¡Y que sea yo el que haya tenido que abrir este blog...!)
